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Bulgaria en la actualidad

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Bulgaria en la actualidad

Bulgaria, occidental pero tan oriental en ciertos aspectos, cristiana ortodoxa pero cubierta de minaretes, industrializada y urbanizada pero profundamente rural, recién salida del sistema comunista y embarcada en un liberalismo exacerbado, celosa de su independencia pero durante mucho tiempo sometida al extranjero, alía el deseo de modernidad con la salvaguarda de sus tradiciones ancestrales. Este país, hoy miembro de la Unión Europea, está lleno de paradojas.


Los búlgaros de cerca

Por poco tiempo que pase en Bulgaria, seguro que le dejarán desconcertado los movimientos realizados con la cabeza, para afirmar o negar ya que son inversos a los nuestros. Pasará sin parar de falsas alegrías a agradables sorpresas puesto que algunos búlgaros, acostumbrados a tratar con extranjeros, intentan adaptarse a nuestros hábitos, por lo que el embrollo está garantizado… Lo mejor que puede hacer cuando le pregunten para evitar malentendidos –asumiendo que es difícil deshacerse de nuestros actos reflejos– es responder con da (sí), dobre (vale) o ne (no) en vez de mover la cabeza.

Cuando entre en contacto con un búlgaro no se deje intimidar por la primera impresión que puede parece fría, por lo menos en las grandes ciudades. Esta primera impresión disimula mal una hospitalidad innata que está deseando expresarse y una intensa curiosidad por la forma de vivir en Europa Occidental. ¡La lengua no es ninguna barrera! Puede estar tranquilamente sentado en una taberna de los Ródope y, de pronto, al son de la gajda o de una orquesta, los parroquianos se levantan y entablan un largo baile conjunto alrededor de las mesas… Raro sería que no le inviten a unirse a ellos: lo único que tiene que hacer es agarrarse a los brazos de sus vecinos e intentar imitar sus pasos, que pueden ser bastante complejos. Lo más probable es que todo el mundo acabe compartiendo una botella de vino (en las tabernas es costumbre compartir mesa aunque la gente no se conozca, lo que facilita los contactos).

Si le invitan a una casa particular debe saber que la costumbre es llevar algún detalle y que puede ser complicado no tomar la copa de rakija servida por el anfitrión. También puede que le cueste trabajo dar con la dirección: la entrada de las casas no suele encontrarse en la dirección indicada en las tarjetas de visita, que es una mera dirección postal. No se preocupe, en cualquier caso los vecinos harán todo lo posible para ayudarle.

Otro asunto es la escritura cirílica. Nada más entrar en Bulgaria se dará cuenta de que es necesario aprender a descifrarla para orientarse o para pedir, sabiendo lo que pide, en la mayoría de los restaurantes del país. Intente familiarizarse con el alfabeto antes de salir de viaje, ¡seguro que le facilitará la vida!


Un país eminentemente rural

La población rural representa aún casi el 40% de la población búlgara y más de un cuarto de la población activa (5% en la UE) y la agricultura constituye cerca del 15% del PIB (1,6% en la UE) y 10% de las exportaciones. Estas cifras nos permiten hacernos una idea de la importancia de este sector en la economía y, sobre todo, en la sociedad búlgara.

El pequeño tamaño de las explotaciones –exceptuando las extensas llanuras del noreste dedicadas a la cultura extensiva de maíz, de soja y girasol–, si bien permite que perduren los métodos de cultivo ancestrales, es un handicap económico. A Bulgaria le convendría privilegiar un desarrollo basado en formas de cultivo alternativas y en productos como los aceites esenciales de rosa y de hierbabuena, o incluso el tabaco, para el que la Comisión Europea ha aumentado las cuotas de producción.

Paradójicamente estos métodos arcaicos de producción son una oportunidad para el país en una época en la que las naciones industrializadas lamentan amargamente haber perdido el contacto con los ciclos naturales de la vida, y pueden resultar una magnífica oportunidad en una época en la que los urbanitas buscan sus raíces.

Una difícil transición

En 1989, tras el derrumbe de los sistemas comunistas europeos, Bulgaria descubre de repente una democracia de la nunca hasta ese momento había gozado.

Pese a que el cambio se ha hecho con bastante tranquilidad, en comparación con otros países del bloque del Este, el camino de la libertad no está sembrado de rosas y la elección del liberalismo no llena los estantes mediante un toque de varita mágica. Al contrario, las desigualdades se agudizan en una sociedad históricamente igualitaria; los “nuevos ricos”, procedentes en su mayoría de la antigua nomenklatura, se adueñan de las palancas de mando, la corrupción se convierte en regla, los ajustes de cuenta llenan las páginas de sucesos, mientras que los equipamientos envejecen inexorablemente. Cuando en 1997 la crisis económica se agudiza, el país se encuentra al borde del caos.

En 2001 las reformas económicas degeneran en una grave crisis social y política. Tras un regreso triunfal a su país natal, el antiguo zar Simeón de Sajonia-Coburgo y Gotha forma un partido que –tan sólo unas semanas después de su creación– consigue 120 escaños de un total de 240 en las elecciones legislativas. Nombrado primer ministro, Simeón promete mejorar la vida de los búlgaros en tres meses… Los ciudadanos no están del todo convencidos a pesar de los buenos resultados económicos: la tasa de paro que alcanzaba el 18% en 2001 disminuye sensiblemente, el crecimiento anual ronda el 5 o 6%, las inversiones extranjeras se multiplican, el nuevo lev –creado en 2000– se asocia al euro y la considerable deuda legada por el régimen comunista empieza a saldarse, mientras que un programa de privatizaciones se lleva a cabo a todo tren. Todo esto le vale al gobierno las felicitaciones del Fondo Monetario Internacional, pero no las del pueblo, en parte porque el nivel de vida sigue siendo bajo y en parte porque el antiguo monarca adolece de una evidente falta de carisma.

El resultado de todo esto es un cierto desencanto que se traduce de tres hechos en las elecciones legislativas de 2005: una escasa participación (¡a pesar de la celebración de un sorteo para motivar a los electores!), el auge de un nuevo partido de extrema derecha xenófobo y una dispersión de votos tal que no permite arrojar una clara mayoría. Al final ocupa el poder una coalición heteróclita capitaneada por el socialista Sergej Stanisev, que reagrupa, además de a los socialistas, a los superviventes del movimiento de Simeón y a un partido étnico turco.

Acercamiento al Oeste

Bulgaria es admitida en la OTAN en 2004 y debe asumir nuevas responsabilidades. Esta adhesión, que podría significar la venida de bases americanas con los ingresos financieros que conlleva, tiene como contrapartida la participación en operaciones militares (como en Iraq).

El proceso de adhesión a la Unión Europea se realiza a buen ritmo, sobre todo teniendo en cuenta que el país respeta por adelantado los exigentes criterios del pacto de estabilidad del euro. La Unión Europea financia generosamente las reestructuraciones pero también exige reformas, se inmiscuye en los asuntos internos y, a veces, pincha el orgullo nacional. Pero el euroescepticismo es cosa del pasado, excluyendo a los partidarios del movimiento xenófobo Ataka cuyo líder, aprovechándose de la insuficiente participación, consigue llegar a la segunda vuelta de las elecciones presidenciales. Tres cuartas partes de los búlgaros se pronuncian a favor de la adhesión a la UE y ésta se hace efectiva el 1 de enero de 2007.

Bajo la mirada de Europa

La adhesión se acompaña de diversas “cláusulas de salvaguardia”. Una de ellas, referida a la seguridad aérea, ha sido abolida. En cambio, en julio de 2008 la Comisión Europea publica un incisivo informe, vituperando la persistencia de la corrupción en todos los niveles del Estado y la incompetencia de las administraciones encargadas de gestionar los fondos europeos. Además de una crisis política interna, la reprimenda tiene otra consecuencia: la congelación de más de un billón de euros en subvenciones, destinadas mayoritariamente a fomentar proyectos de infraestructuras.

Esto hubiera podido herir el orgullo nacional provocando un rechazo hacia Europa pero los búlgaros, bastante desencantados con la clase dirigente, están más bien de acuerdo con los términos del informe de la Comisión Europea y, según un reciente sondeo, sólo uno de cada cinco ciudadanos afirma confiar en la justicia y en la policía. En cuanto a la elite política, hace ya mucho tiempo que está totalmente desacreditada.

El problema de la energía

Obligada por la Comunidad Europea a cerrar próximamente los reactores 3 y 4 de la central nuclear de Kozloduj, que le garantizaba hasta ahora un cierto liderazgo en materia energética en la región –es uno de los proveedores de electricidad de Macedonia, Grecia y Turquía–, Bulgaria está construyendo una nueva central junto al Danubio situada en Belene, al oeste de Ruse. Por supuesto, las protestas de los ecologistas no se hacen esperar y señalan, por otra parte, que la intensa actividad sísmica de la zona no es lo mejor para este tipo de instalaciones. Al final, un consorcio ruso se ha llevado el concurso y debería empezar con las obras en un futuro próximo. La elección no satisface a los nacionalistas que temen que se acreciente la dependencia energética con respecto a Rusia –ya suministra el gas y el petróleo tras unos acuerdos de colaboración “privilegiada”. Lo que está claro es que la cuestión energética no encontrará aquí, ni en ningún otro lugar, una solución satisfactoria que no pase por la diversificación de las fuentes y el uso de energías renovables.

El orgullo de ser búlgaro

Bulgaria vive casi cinco siglos bajo dominación otomana y el deseo de independencia se traduce en una promesa de expansión territorial que ingleses y austriacos se precipitan en contrarrestar para preservar el “equilibrio regional”. Este pulso finaliza con la creación de un Estado que no incluye las tierras de Macedonia, históricamente búlgaras.

Las dos guerras balcánicas, seguidas de sendos conflictos mundiales en el bando equivocado tienen consecuencias desfavorables en términos territoriales. Es comprensible que los búlgaros hayan podido sentir a la vez una cierta impresión de que nadie los quiere y un orgullo nacional algo picajoso.

Los civilizadores del mundo eslavo

Este orgullo nacional se traduce en la exaltación de la grandeza de los antiguos búlgaros que guiados por los kanes construyen en el s. IX uno de los reinos más poderosos de Europa, rival de Bizancio y de los francos, antes de aportar a los eslavos la idea del Estado, su religión –son cristianos ortodoxos– y su escritura, el cirílico. A los búlgaros les cuesta admitir que su lengua deba algo a esos pobres eslavos…

Las autoridades comunistas ven el filón y tocan esta cuerda sensible llenando el país de monumentos tan desmesurados como feos en los que se exaltan tanto esta gloria pasada como a los héroes de la liberación nacional, calificados de “apóstoles”. Estas mismas autoridades, en un acceso de fiebre nacionalista, deciden un buen día de 1984 asimilar por la fuerza a los 800.000 turcos de Bulgaria que vivían tan tranquilos: prohíben su lengua, la practica de su religión y “bulgarizan” los patronímicos, originando un inicio de éxodo… Estos últimos excesos son afortunadamente cosa del pasado, aunque persisten tensiones en algunos estratos de la sociedad, cansados de ver que un partido que representa a esta minoría participa en la coalición gubernamental.

La difícil integración de los romaníes

¿Cuántos gitanos hay en Bulgaria? El censo de 2001 habla de 365.000, cerca de un millón si hacemos caso de los búlgaros que tienden a verlos por todas partes y a atribuirles las peores canalladas. Lo que es seguro es que los romaníes son víctimas de un rechazo casi generalizado por parte de la población y están confinados en inmundos barrios marginales situados en las afueras de las ciudades. Se estima que entre un 85 y un 90% de ellos está en el paro, contra un 10% del resto de la población. ¿De qué viven? Tradicionalmente de la recogida y venta de chatarra, de la recolección de hierbas medicinales y, en el caso de los más jóvenes, de la mendicidad en las puertas de las iglesias y en los lugares turísticos. Se piensa que el 90% de las chabolas en las que viven han sido construidas de forma ilegal y la mayoría de ellas no tienen mobiliario. Esta situación dramática es fruto de la sedentarización forzosa durante el régimen comunista, de un absentismo escolar generalizado y del racismo –falta quizás una política gubernamental de integración rigurosa– al que todo turista en Bulgaria se ve confrontado y ante el cual los servicios sociales y las asociaciones, a pesar de su buena voluntad, son impotentes.

Ese balón redondo que apasiona a la gente

El día de gloria del fútbol búlgaro se remonta al 10 de julio de 1994, cuando la selección nacional gana a Alemania en los cuartos de final del Mundial de Estados Unidos… tres días más tarde termina la aventura frente a Italia. El fútbol, que ya estaba muy presente, se ha convertido desde entonces en una verdadera religión. La selección está capitaneada entonces por Hristo Stoichkov, apodado Kamata (el “puñal”) por su facilidad para abrir las defensas rivales. Tras su paso por el CSKA de Sofía y el Barça, Stoichkov se convirtió en el entrenador del equipo nacional pero no consiguió meterlo en la Eurocopa 2008 y se vio obligado a dimitir.

¿Volverá a la escena internacional en 2010? Toda Bulgaria así lo desea y la clasificación parece estar al alcance del equipo, ya que el sorteo le ha sido más bien favorable, a pesar de la presencia de Italia en el grupo.


Unas tradiciones populares muy arraigadas

El término “folclore” suele ir asociado a algo en vías de extinción. Pero en Bulgaria no es el caso ya que algunas costumbres ancestrales que se remontan a veces a la antigüedad tracia han atravesado los siglos sin sufrir más alteraciones que la adaptación a las normas de la época. ¿Es una manera para los búlgaros de reafirmar su existencia, más allá de las vicisitudes de la historia? Lo que está claro es, que gracias a su riqueza y a su raigambre, las tradiciones populares son uno de los grandes atractivos de un viaje por Bulgaria.

Tiempos de nostalgia

Aunque las estadísticas lo desmientan y a pesar del urbanismo a marchas forzadas del régimen comunista, Bulgaria sigue siendo una tierra con un alma fundamentalmente rural. Probablemente hay que ver, en este comprensible apego a una época pasada en la que el tiempo tenía otro valor, una de las razones de la persistencia de fiestas relacionadas con los acontecimientos que marcaban la vida cotidiana de los campesinos; el cambio de estación, el principio o el final de las cosechas dan lugar a festividades, a menudo de origen pagano, que se celebran con autenticidad y fervor. De este modo los viajeros que pasan por el país al final del invierno quedarán sorprendidos por la omnipresencia de las martenica (se pronuncia: martenitsa) y no tardarán mucho en decidirse a ponerse en la muñeca o en la solapa de la chaqueta estos adornos de hilos rojos y blancos que todo el mundo –desde el piloto de avión al pastor‑ lleva con total naturalidad. Si a esto añadimos una voluntad política jamás desmentida (¡poco importa el régimen en el poder!) de preservar este patrimonio inmaterial que constituyen las tradiciones populares, podremos ver como cohabitan en la actualidad ese apego por la Bulgaria de siempre y la atracción por una modernidad de tipo occidental con la que se estuvo soñando durante mucho tiempo.

El hábitat tradicional

La arquitectura, todo un arte de vivir

Como en toda la región de los Balcanes, el hábitat tradicional utiliza los materiales del lugar: piedra y madera, ladrillo o adobe. Por razones relacionadas sobre todo con la inseguridad que antaño reinaba en los campos, las casas suelen estar cerradas por detrás con altas tapias de piedra apuntaladas con largas vigas horizontales que se adaptan a las irregularidades del terreno. Una sólida puerta de madera de doble hoja da a un recinto ocupado por la casa propiamente dicha y sus dependencias. La casa está formada por una planta baja, preferiblemente de piedra, y por uno o varios pisos reservados a la vivienda: construidos con materiales más ligeros (una estructura de madera rellena de ladrillo o adobe), suelen estar en saledizo y sostenidos por contrafuertes de madera a veces tallados o curvados. Los tejados son de teja o de placas de pizarra. El interior está organizado alrededor de una habitación principal, el salón, más o menos lujoso dependiendo de la clase social del propietario, en torno al cual se distribuyen el resto de estancias: habitaciones de verano o de invierno (con chimenea), muchas veces colectivas, cocina, “cuarto de las mujeres”, etc. Esteras, alfombras, tejidos con mucho colorido cubriendo los bancos que rodean las habitaciones presididas por el samovar y el narguile constituyen la base del mobiliario, que tiene un marcado aire oriental.

En las ciudades siguieron (¡al menos al principio!) el mismo esquema, sólo que se fueron haciendo cada vez más lujosas (como en Plovdiv, Koprivstica o Trjavna) y se adornaron con revestimientos de madera tallada, pinturas murales, techos esculpidos y muebles a menudo importados de Europa Occidental.

Pueden verse bonitos conjuntos de casas tradicionales en los pueblos-museo (Arbanasi, Bozencite…) o en los barrios preservados de algunas ciudades (Blagoevgrad, Razlog, Bansko, Lovec, Karlovo…).

Una sociedad patriarcal

Al casarse, la esposa cambia de casa y descubre una nueva familia con la que a partir de ese momento, y sin ninguna intimidad, tendrá que compartir la vida. Algunos cuadros sorprendentes de Zlatju Bojadziev muestran unas Siestas en las que toda la familia, sin distinción de sexo o de edad, duerme codo con codo en la misma habitación (una de estas habitaciones colectivas puede verse en el Museo Etnográfico de Lovec): ¿quién encuentra un momento de intimidad en esas condiciones? En lo que respecta al hombre, éste tiene la gran responsabilidad de velar por el bienestar de toda la casa trabajando en su taller de artesano, o desarrollando su papel itinerante de pastor o también echándose al monte para combatir al otomano. Lo que son las labores del campo se reparten equitativamente. Convertida en madre y posteriormente en abuela (baba), la mujer adquiere un nuevo estatus: una figura imbuida de sabiduría que custodia la casa… ¡y a sus nueras!

Está claro que este modelo de sociedad, fundamentalmente rural, no se ha adaptado muy bien a la modernidad, a la urbanización, a los pisos minúsculos y a cincuenta años de comunismo.

La ortodoxia, cimiento de la sociedad tradicional

Más o menos creyente, la mayoría de los búlgaros se declaran cristianos ortodoxos. El hecho de que la Iglesia búlgara sea autocéfala se ha considerado siempre como una de las garantías de la independencia nacional; además el papel que juegan los monasterios durante la ocupación otomana como conservatorios de la cultura nacional, les confiere una legitimidad histórica que a ningún búlgaro se le ocurriría contestar. Si bien la práctica religiosa no es muy elevada, las grandes fiestas del calendario religioso (que a menudo coinciden con celebraciones procedentes de cultos paganos que la Iglesia se ha visto obligada a adoptar, adaptándolas eso sí) se siguen con mucho fervor. En el primer puesto de todas se sitúan las ceremonias de la Semana Santa que culminan, como en España, el Domingo de Resurrección y cuya fecha, fijada según un modo de cálculo establecido por el primer concilio de Nicea (325), determina una buena parte del calendario litúrgico.

Los trajes tradicionales

Los trajes femeninos que pueden verse en los museos etnográficos, pero también en las plazas de los pueblos al menor pretexto festivo, presentan una gran variedad de colores y bordados.

Para los días de diario se distinguen varias grandes tipologías de trajes femeninos. El más extendido es el vestido sukman, que se lleva en las regiones montañosas de Bulgaria Central y en algunas regiones del litoral. Se trata de una especie de túnica corta de lana y de color oscuro, sin mangas y decorada con perlas e hilos de plata que se pone por encima de una blusa blanca. Una cofia decorada con encajes (zaraflaci) y un cinturón con grandes hebillas de metal (pafti), que suele estar decorado con motivos florales, completan este conjunto en tonos oscuros que se ven realzados por los alegres colores y bordados del delantal.

También caracterizado por una túnica, el vestido saja debe su nombre a una especie de bata abierta de algodón o lana (en cuyo caso lleva el nombre de aladza), que suele ser de rayas y que se pone encima de una blusa de algodón. Un delantal de dos piezas anudadas al talle (delante y detrás) a cuadros, una cofia de seda bordada con encajes y un cinturón de lana, negro o rojo, completan este conjunto cuyos bordados, realizados con hilos de color, se concentran en torno al cuello y en los puños. Indiferentemente del tipo de vestidos que lleven, las mujeres calzan unas medias de lana muy alegres (corapi), también bordadas, y sandalias de cuero (carvuli).

Los trajes masculinos son más sobrios y según el color dominante se llaman belodresno (blanco) o cernodresno (negro). En el traje “blanco”, los hombres llevan una chaquetilla corta de lana de color sobre una camisa túnica y un pantalón con mucho bordado y adornado con cordoncillos que existen en dos versiones: los benevreci, largos y estrechos, y los dimii, bombachos por encima de la rodilla. El traje “negro” lleva un pantalón (poturi), más o menos adornado en los laterales con cordoncillos, y un cinturón de lana cuyo color se va oscureciendo a medida que el hombre se va haciendo mayor. Todos se cubren la cabeza con un gorro de pelo, el kalpak.

La artesanía y sus múltiples influencias

Tejidos – Mantas, manteles, servilletas, vestidos… el color dominante es el rojo, que sirve de fondo a bordados multicolores con motivos geométricos o vegetales. Las alfombras o kilims son de muy diversa factura: las de Kotel son famosas por sus motivos florales y la intensidad de sus colores; en Ciprovci se usan exclusivamente pigmentos naturales, por lo que los colores son más apagados. Los Ródope se han especializado en las alfombras de pelo largo, llamadas halista. En Belogradcik dominan los colores naturales de la lana con una magnífica superposición de tonos beiges. Terminamos con Jambol, que se ha especializado en las alfombras de punto.

Alfarería y cerámica – Los búlgaros son unos maestros en este campo desde la Antigüedad. Motivos florales o geométricos, grabados o dibujados, los estilos son muy variados… aunque se encuentre por todos sitios los mismos modelos. Una excepción: Trojan, famosa por sus tonos verdes o amarillos, y donde podrá comprar bonitas stomna, especie de cántaros.

Dinandería y orfebrería – Encontrará magníficos objetos de cobre, calderos o bandejas, a veces muy simples, otras veces grabados, obras maestras de la dinandería búlgara que vivió se época de esplendor a finales del s. XVIII. La orfebrería se desarrolló al noroeste del país entre los ss. XVI y XVIII, basándose en una tradición antiquísima como ya pusieron de manifiesto los tracios.

Talla de madera – Las escuelas de talladores de madera (como la de Trjavna) han trabajado en la decoración de iglesias (iconostasios, púlpitos) y de casas (magníficos techos esculpidos). Pero la talla de la madera en Bulgaria está representada también por objetos más humildes como los bastones de pastor, a la vez grabados, esculpidos y pintados.

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