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Hong Kong: el último Far West
Hong Kong: el último Far West
Gautier Battistella - 12-06-2012
Hong Kong, tierra de tycoons, aguza el apetito de los financieros y la fantasía de los traders. Esto no quita para que la “Perla de Oriente” siga fascinando también a aquellos que buscan una dosis de aventura: allí todo sigue pareciendo posible. Travesía de la ciudad en imágenes…
¿Siente esa brisa que acaricia su cara en el ferri que conecta la isla con el continente? Es el soplo de la aventura. Hong Kong, fantasía de filibusteros (su nombre significa literalmente “puerto de los perfumes”), inició su fulgurante ascensión a mediados del s. XIX. Acabada la I Guerra del Opio (1839-1842), la isla cayó bajo la férula británica. Se sentaban las bases del Hong Kong moderno, que habría de permanecer bajo dominación británica hasta 1997.
Colonos, mosquitos y aventureros: los primeros pasos de Hong Kong
Hong Kong, erizada de rascacielos, es una urbe que se mira desde lo alto. Son las 9.30 de la mañana: bajo un suave sol invernal montamos a uno de los tranvías más altos del mundo, el Peak Tram, en dirección al punto más alto de la ciudad. Este funicular, en activo desde 1884, fue construido por un particular propietario de un hotel situado en la cima que quería poner al alcance de sus clientes un medio más rápido y confortable que el tradicional palanquín.
La vista desde lo alto es magnífica: azul y verde, mar y ramajes entrelazados, sobrevivencia de una jungla nunca del todo domeñada. Y junto a ella, un mar infinito. La vista habla de un tiempo que sólo los mayores de 100 años pueden recordar, un tiempo en que Hong Kong no era más que una isla invadida por los mosquitos y los aventureros. Un viento ligero nos trae los recuerdos color sepia de aquella época en que su escudo unía al león británico con el dragón chino.
¿Una ciudad de papel cuché?
¡Para nada! La ciudad sorprende cuando menos se espera. El rosario luminoso de marcas de lujo se desgrana por la concurridísima Des Vœux Road. Hong Kong es de hecho uno de los pocos lugares del mundo (junto con algunas tiendas de Tokio) donde el cliente hace cola ante las tiendas vacías de Chanel o Cartier con la esperanza de obtener el privilegio de gastar algunos cientos de miles de dólares de Hong Kong. La isla se ha convertido en uno de los primeros consumidores de artículos de lujo por delante de Seúl y, desde hace poco, Tokio. Aun así, el Tokio auténtico, el que escupe, juega y ríe a mandíbula batiente, se esconde en otros lugares.
Basta recorrer unos metros para ver surgir rótulos descoloridos y edificios ajados. Parece como si la urbe, esquizofrénica, quisiera mantener el suspense y se resistiera a dejarse devorar por la modernidad que se adueña de ella. Como si no quisiera olvidar que un día fue hija de un puñado de mercenarios y aventureros en busca de fortuna. Este pedigrí deja huellas. Basta coger el ferri y plantarse en el continente al caer la noche. Allí, entre el humo de los puestos de comida callejeros y el olor acre del tofu asado, el Hong Kong de siempre planta cara al otro, al de la otra orilla, poblado de jóvenes profesionales de aires afectados y trajes entallados. Sentado en un taburete de plástico podrá cenar gambas con guindilla y navajas con salsa de ostras, todo regado con una Tsingtao… Una auténtica delicia y una delicia auténtica.
Hong Kong atrae a aquellos que piensan que la libertad se consigue a fuerza de empeño. Hay que ver a estos aventureros modernos apretarse en apartamentos minúsculos, esas colmenas para expatriados donde esperan ver cumplidos sus sueños. Pero los alquileres son caros: en Hong Kong suben tan rápido como los rascacielos. Al no estar regulados, los propietarios suben los precios como les viene en ganas, pudiendo duplicarlos e incluso triplicarlos durante un mismo año. Para alquilar 24 metros cuadrados tendrá que estar dispuesto a pagar hasta 2.500 euros al año.
Hong Kong, con siete millones de habitantes y una densidad de 130.000 habitantes por kilometro cuadrado, ha llegado a un punto de asfixia. De ahí la desbandada hacia los nuevos territorios (entre Kowloon y el río Sham Chun), especie de gran periferia fronteriza con la China continental. A sólo 45 minutos de Hong Kong Island en ferri, el habitante puede exilarse a una de las 260 islas de la región que, como Lamma, ofrece una burbuja de oxígeno y serenidad muy apreciada por los expatriados. Una vez más, la posibilidad de una isla no es algo que esté al alcance de todo el mundo…

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