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Pasajes de San Juan, País Vasco

Pasajes de San Juan, País Vasco

Philippe Bourget - 01-06-2012

A primera vista, poco o nada puede atraer al viajero hasta este pueblo portuario y obrero agazapado al norte de San Sebastián. Aun así, la contraposición de ambientes y de estilos, de viejas viviendas de pescadores con unos muelles en plena ebullición, desprende un inexplicable encanto que llegó a encandilar al mismísimo Victor Hugo.

Un lugar sin grandes atractivos turísticos pero que deja un recuerdo imborrable… Así podría definirse Pasaia Donibane (Pasajes de San Juan en castellano), uno de los tres distritos que componen el municipio portuario de Pasajes y que hoy día constituye una prolongación de San Sebastián. Quien viene hasta aquí no lo hace por casualidad, sino porque aparece en las guías. Eso sí, por el camino quizá se pregunte adónde va y si no se habrá equivocado de ruta. Y es que para llegar desde la capital donostiarra hasta Pasajes, el viajero se ve obligado a atravesar una sucesión de barriadas grises y uniformes salpicadas de construcciones desangeladas y circunvalaciones que dan fe de un urbanismo carente de toda imaginación que acaban por desconcertarle. A punto ya de echarse atrás, nuestro viajero recibe señales que lo hacen persistir en su empeño: un muelle mal adoquinado, almacenes improbables y la efervescencia desordenada y gris de una ciudad portuaria en plena actividad. Hemos llegado. A través de la ventanilla del coche se cuelan los sonidos que la vista deja adivinar: el chirrido de los trenes de mercancías junto a la inmensa dársena, el ruido provocado por gigantescas grúas y la chatarra que mueven de un sitio a otro y las sirenas de los buques que se disponen a zarpar. Se nos aparece entonces otro muelle que, bordeado de casas con balcones, parece escapado por milagro a la industrialización forzada.
 
Un bastión del buen comer
Llegamos así a Pasaia Donibane, pueblecito portuario situado a orillas de la ría que desgrana sus casas de marineros del s. XVII cual rosario de perlas en dirección al Atlántico, cuya inmensidad se percibe millas más allá. Basta llegar a la desembocadura para encontrarse con el oleaje, el golfo de Gascuña y la promesa de aventuras que antaño empujaba a los pescadores vascos hasta América. Pasaia Donibane y su puerto comercial constituyen un universo cerrado y protegido en cuyas calles se afana una población obrera curtida por las adversidades y orgullosa de su identidad vasca.
 
Para llegar hasta las casas la única solución es el barco. Por un precio módico, el barquero le dejará delante de las mismas antes de volver por donde vino envuelto en el traqueteo del motor diésel. Sólo hay una calle y un puñado de pasajes abovedados serpenteando entre penumbra por detrás de las casas. Las terrazas de los restaurantes dan fe de que el puerto es conocido desde hace tiempo por su tradición gastronómica. En la plaza del ayuntamiento, único espacio abierto, la madera de los balcones sirve de estandarte a las reivindicaciones: no hay que olvidar que Pasaia Donibane es un bastión del separatismo vasco. Aun así, nada le obliga a participar del radicalismo ambiente. Para escapar de él bastará con andar en dirección a la ermita del Santo Cristo de la Bonanza hasta la entrada del canal, lugar en el que las familias se reúnen en verano para asar sardinas, o subir algunas callejas para llegar hasta la ermita de Santa Ana. Erigida sobre una peña desde la que domina orgullosa el puerto, la ermita es uno de los jalones del Camino de Santiago. Los peregrinos llegan hasta ella con sus pesadas mochilas y sus cuestiones existenciales tras pasar por Fuenterrabía y el monte Jaizkibel.
 
La casa-museo Victor Hugo
Antes que ellos sin embargo hubo otros viajeros que dejaron huella en el lugar. Es un hecho poco sabido, pero por Pasajes de San Juan han pasado grandes hombres. De aquí fue de donde un día de 1777 zarpó un tal Lafayette dispuesto a ayudar a los nacientes Estados Unidos en su Guerra de Independencia. Años más tarde, en 1843, fue Victor Hugo quien hizo alto en la localidad durante su viaje por los Pirineos. El poder de seducción fue tal que el novelista decidió quedarse varias semanas. La bonita casa renacentista de dos plantas en la que se alojó se ha convertido en un museo en su honor. Un espacio audiovisual recoge su epopeya pirenaica y sus impresiones como “turista”. Hugo describe Pasaia Donibane ni más ni menos que como un “pequeño edén resplandeciente”. Antes que él, en los albores del s. XIX, por Pasaia había pasado el célebre naturalista y geógrafo alemán Alexander von Humboldt y hasta Paco Rabanne puede enorgullecerse de haber nacido aquí en 1934. ¿Quién sabe si no ha sido su recuerdo de la atmósfera industrial de Pasaia lo que le ha inspirado sus desfiles experimentales plagados de vestidos y hombreras de metal martilleado?
 
 
INFORMACIÓN PRÁCTICA
Casa-museo Victor Hugo (oficina de turismo)
Calle San Juan
20110 Pasaia
Tfno. 943 341 556 – www.victorhugopasaia.net
 
Ver también el astillero tradicional Ontziola.
 
Restaurante Ongi Etorri
Calle San Juan, 60
20110 Pasaia Donibane
Tfno. 943 524 588
Cerca de la casa-museo Victor Hugo, un restaurante “anónimo” que destaca por su cocina de tierra y de mar buena y generosa. Desde 12 €.
 
Casa Cámara
Calle San Juan, 79
20110 Pasaia Donibane
Tfno. 943 52 36 99
Su comedor, presidido por un vivero, es un lugar de reunión muy popular entre todos los gourmets del mar.
 

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