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Literatura

Caballeros andantes, pícaros, mistícos, donjuanes y bandoleros cabalgan orgullosos por las letras españolas. La literatura en lengua castellana, que alcanzó su Edad de Oro durante los ss. XVI y XVII, vive desde principios del s. XX una nueva etapa de esplendor gracias al genio creativo de las últimas generaciones de escritores hispanoamericanos y españoles.

La España romana dio grandes escritores de lengua latina: Séneca el Retórico, su hijo Séneca el Filósofo, Quintiliano el retórico y Lucano, poeta épico.

En el s. VIII el comentario del Apocalipsis de San Juan redactado por el Beato de Liébana dio lugar a una serie de códices miniados, los Beatus. También en esta época surgen escritores árabes de categoría.


Edad Media

La literatura en lengua castellana no apareció hasta la Edad Media. A mediados del s. XII se redacta El Cantar del Mío Cid, cantar de gesta anónimo que cuenta las hazañas del Cid y que es la obra más antigua de nuestra literatura épica. En el s. XIII frente a una poesía juglaresca surge el Mester de Clerecía, escuela poética de clérigos con lenguaje y temas más cultos (religiosos, vidas de santos, leyendas). Gonzalo de Berceo, el primer poeta castellano conocido, perteneció a esta escuela. Alfonso X el Sabio, rey letrado, además de la labor cultural que llevó a cabo durante su reinado, nos dejó obras personales: Las Cantigas de Santa María, escritas en gallego. Hizo del castellano la lengua oficial de su reino, reemplazando el latín. La expansión castellana impondrá esta lengua al resto de España y tan sólo subsistirán como lenguas literarias el catalán y el gallego.

El teatro medieval tiene su origen en las festividades religiosas. Del teatro primitivo sólo nos ha quedado un fragmento del Auto de los Reyes Magos (finales del s. XII o comienzos del XIII). En el s. XIV nace la literatura burguesa, realista y satírica. Don Juan Manuel introduce la prosa narrativa creando las bases del cuento moderno en el Conde Lucanor; Juan Ruiz, Arcipreste de Hita, una de las últimas figuras del Mester de Clerecía, escribe una deliciosa obra satírica en verso: El Libro del Buen Amor; el Canciller Ayala, el otro gran escritor del siglo, es un cronista de excelente prosa.


Renacimiento

En el s. XV la influencia italiana se deja sentir en la lírica, de carácter fundamentalmente cortesano. El Marqués de Santillana cultiva la poesía de inspiración galaico-provenzal italiana y escribe obras morales (Proverbios, Diálogo de Bías contra Fortuna); en cambio Jorge Manrique destaca por su intención moralizadora; por último, Juan de Mena descuella en la poesía culta (Laberinto de Fortuna). La inspiración poética popular produce del s. XIV al XVI los romances de tradición oral recopilados en el Romancero Viejo. En 1508 se publica el Amadís de Gaula, prototipo de las novelas de caballería, cuyos héroes, caballeros andantes servidores de su rey y de su dama, protagonizan las más disparatadas aventuras. La Celestina de Fernando de Rojas sienta las bases del teatro moderno dialogado, mezclando lo trágico y lo cómico en una intriga cuya mayor cualidad tal vez sea el estudio psicológico de los personajes.


Siglo de Oro

Esta expresión engloba la literatura producida bajo el gobierno de los Austrias (1516-1700), época que señala el apogeo de nuestras letras. En el s. XVI, Garcilaso de la Vega cultiva la poesía delicada, de gusto italiano; Fray Luis de León plasma en sus obras el cristianismo. A mediados de siglo surge un nuevo género literario específicamente español: la novela picaresca. La primera novela publicada es el Lazarillo de Tormes (1554), obra anónima en la que el pícaro Lázaro se debate en un mundo hostil sufriendo la miseria con malicia; medio siglo más tarde el Guzmán de Alfarache de Mateo Alemán reanuda la novela picaresca con un espíritu más amargo y desencantado. El ingenio de Quevedo nos ha dejado El Buscón, en la línea de la picaresca pesimista. La ascética cuenta con la figura de Fray Luis de Granada y la mística con dos gigantescas personalidades carmelitas: Santa Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz (prosa: Subida al Monte Carmelo, Noche oscura del alma; poesía: Llama de amor viva).

La novela de caballería empieza a declinar y se pone de moda la novela pastoril –la más célebre es La Diana, del portugués Jorge de Montemayor– y la novela morisca: en Las guerras civiles de Granada, Ginés Pérez de Hita nos describe con mucho color y fantasía la vida de los moros granadinos. No debemos olvidar los documentos que sobre la conquista americana nos han dejado Cortés, Bernal Díaz del Castillo, Fernández de Oviedo y Bartolomé de las Casas. Pero la figura cumbre del siglo es Miguel de Cervantes y su obra maestra El Quijote.

La poesía barroca cuenta con dos grandes figuras: Luis de Góngora, cabeza de la escuela culterana, y Francisco de Quevedo (1580-1645), creador de la escuela conceptista, opuesta a la anterior por su extraordinaria fuerza expresiva contraria a todo preciosismo formal.

En el s. XVII se perfecciona el teatro nacional; Lope de Rueda había abierto la vía de la comedia en la centuria anterior. Su gran creador es Lope de Vega (1562-1635), que adopta definitivamente los tres actos –antes cinco– y mezcla lo trágico y lo cómico, lo elevado y lo popular al introducir la figura del gracioso. Este “fénix de los ingenios”, de una fecundidad asombrosa –se afirma que escribió más de 1.000 obras, muchas por desgracia desaparecidas–, dedicó su atención a los temas más diversos: históricos (El caballero de Olmedo, El mejor alcalde el rey),costumbristas (El acero de Madrid, La dama boba), religiosos (La buena guarda); en Fuenteovejuna, dentro de un marco histórico, concede una dimensión colectiva al tema del honor. El teatro barroco de Pedro Calderón de la Barca (1600-1681) muestra una mayor preocupación filosófica y sus temas, más cultos, tienen validez universal. Entre sus obras destacan El alcalde de Zalamea (histórica), La vida es sueño (filosófica) y La dama duende (comedia de capa y espada). Tirso de Molina, fecundo autor dramático, crea por vez primera el tipo de Don Juan en El burlador de Sevilla y Guillén de Castro escribe Las mocedades del Cid, proporcionando a Corneille su mejor argumento.


Los siglos XVIII y XIX

El criticismo es cultivado por dos ensayistas: el Padre Feijóo (Teatro crítico universal) y Jovellanos. En el teatro sólo es digno de mención Leandro Fernández de Moratín (El sí de las niñas), influenciado por Molière.

En el s. XIX el romanticismo triunfa en poesía con Espronceda, Bécquer y Rosalía de Castro y en teatro con el Duque de Rivas (Don Álvaro o La fuerza del sino) y Zorrilla (Don Juan Tenorio). Larra critica con su aguda prosa la sociedad decimonónica, Menéndez Pelayo descuella en la historia y crítica literaria y Ángel Ganivet, por su amargura y pesimismo al analizar España, anuncia la generación del 98.

La novela realista se aclimata en España con Alarcón (El tricornio), Pereda (Peñas arriba), que añade un carácter regionalista, y Valera (Pepita Jiménez). Pérez Galdós (Episodios nacionales) es la mayor figura del realismo español; su obra fecunda y viva emociona por el calor y el interés con los que analiza la condición humana.


El siglo XX

El desastre de Cuba y el descontento ante el ambiente del país originan la reacción amarga de un grupo de escritores denominados “ Generación del 98 ” (fecha del desastre). A ella pertenecen Unamuno, preocupado por el destino humano y el futuro de España (El sentimiento trágico de la vida); Azorín; el novelista Pío Baroja, el poeta Antonio Machado, que canta con emocionante austeridad el paisaje castellano y el filólogo Menéndez Pidal. Valle Inclán, esteta y creador de una prosa brillante y una poesía delicada, constituye por su anarquía un mundo aparte en las letras del s. XX. Entre sus contemporáneos citaremos a Jacinto Benavente (Premio Nobel 1922), que representa una innovación en nuestro teatro, y al novelista Blasco Ibáñez.

El modernismo y un sabor aún romántico y decimonónico caracterizan las primeras obras de Juan Ramón Jiménez, Premio Nobel 1956, cuya poesía evoluciona hacia un estilo intelectual, con un lenguaje puro y desprovisto de adornos formales (Belleza, Animal de fondo). Ortega y Gasset (España invertebrada, La rebelión de las masas), uno de nuestros mejores ideólogos, difunde en España las principales corrientes culturales europeas de la época. Eugenio D’Ors, Salvador de Madariaga y Gregorio Marañón son los otros grandes pensadores del momento.

A partir de 1920 surge una nutrida generación poética (1927, nacida con motivo del centenario de Góngora). A ella pertenecen Gerardo Diego, poeta clásico y de vanguardia alternativamente; Federico García Lorca, que recoge en su poesía aspectos del romancero trasladados al mundo popular andaluz y que dota al teatro español de una fuerza y un brío nuevos (La casa de Bernarda Alba); Rafael Alberti (1903), iniciado también en las formas de la canción andaluza, deriva luego hacia una poesía de tipo intelectual (Sobre los ángeles); Jorge Guillén es el arquetipo de poeta metafísico y Luis Cernuda refleja, a pesar de su expresión contenida, una intensa emoción romántica. Vicente Aleixandre (Premio Nobel 1977), en un principio apasionado, dio luego una lírica elegíaca. Miguel Hernández sirve de tránsito a otra época, su lírica se halla envuelta en una llama de arrebato pasional (El rayo que no cesa).

La posguerra – Desde los primeros años la poesía conoce un desarrollo notable. Blas de Otero, iniciador de una poesía de protesta social; Leopoldo Panero, con su gran lirismo y musicalidad; Dámaso Alonso, que transmite en su poesía la angustia de nuestro tiempo; Luis Rosales, que ofrece un elegante clasicismo y Gabriel Celaya, en una línea crítica y a veces filosófica, son sus representantes más destacados.

El teatro evoluciona muy lentamente con Miguel Mihura y su crítica de maneras; Enrique Jardiel Poncela (Eloísa está debajo de un almendro); Antonio Buero Vallejo (Historia de una escalera), que introduce la técnica del teatro americano, y Alfonso Sastre (La mordaza), ya dentro de un teatro crítico y discrepante.

La narrativa dirige su atención a la realidad cotidiana: Carmen Laforet (Nada), Miguel Delibes (La sombra del ciprés es alargada) y Camilo José Cela (Premio Nobel 1989) (La familia de Pascual Duarte, La colmena), que con sus temas y lenguaje truculentos compone una estampa de la vida popular española en esos años de hambre. Luego, el panorama novelístico se amplía, tanto en la temática como en el número de sus cultivadores: Ana Ma Matute, con un estilo lírico; José Ma Gironella, que cultiva preferentemente la novela documental (Los cipreses creen en Dios); a los que hay que sumar la recuperación de los escritores exiliados: Ramón J. Sender, Max Aub, Francisco Ayala y Rosa Chacel.

La generación siguiente cultiva el realismo social: Rafael Sánchez Ferlosio nos ofrece en El Jarama una parcela de la realidad actual; Ignacio Aldecoa es un excelente narrador de cuentos; Jesús Fernández Santos (Los Bravos) refleja el mundo rural; la obra de Juan Goytisoloresponde a una intención de denuncia social; Alfonso Grosso, J.M.Caballero Bonald y Carmen Martín Gaite son otros escritores importantes.

Con la publicación de Tiempo de silencio (1962), de Luis Martín Santos, se abandona la novela de realismo social y se exige más atención a los elementos imaginativos y lingüísticos. Gonzalo Torrente Ballester (Los gozos y las sombras) demuestra en La saga fuga de J.B. su capacidad fabuladora. Entre los escritores contemporáneos hay que citar entre otros a los novelistas Juan Benet (fallecido en 1994), Juan Marsé, Manuel Vázquez Montalbán, Terenci Moix, Eduardo Mendoza, Javier Marías y a los dramaturgos Antonio Gala, Fernando Arrabal y Francisco Nieva.

El boom de la literatura hispanoamericana – Borges, Neruda, Carpentier, García Márquez, Vargas Llosa, Cortázar... son algunos de los poetas, ensayistas y novelistas hispanoamericanos que ya han inscrito con letras de oro su nombre en la historia de la literatura universal.

A mediados de siglo, en la novelística se inició un proceso de ruptura con el realismo social vigente que fue a desembocar en lo que se ha denominado el “realismo mágico”. Esta corriente alcanzó rápidamente un gran éxito de crítica y público y se puede decir que realmente puso de moda la literatura hispanoamericana.

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