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Arquitectura y urbanismo

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Arquitectura y urbanismo

En París “no hay pasos perdidos”, escribió André Breton. Y basta con mirar hacia arriba para comprobarlo. Cada siglo ha dejado su huella, tan evidente en la arquitectura gótica de la época medieval como en las innumerables plazas reales. París siempre supo adaptarse a la voluntad de los monarcas; sin embargo, no es una ciudad altiva, aplastante por su prestigio y sin relación con la vida diaria actual; por el contrario, es una capital a escala humana, dotada de una asombrosa unidad, a la que sin duda contribuyó decisivamente el urbanismo de Haussmann. Por eso, para visitar y observar París, lo mejor es andar y andar durante horas.


Un arte a la gloria de Dios

Los restos de la ciudad antigua (anfiteatro de Lutecia, termas y Cluny) y del París merovingio son bastante escasos. En realidad la arquitectura no empezó a adquirir importancia hasta que la ciudad decidió demostrar que había alcanzado un alto grado de prosperidad.

Arquitectura gótica

París se embelleció durante cuatro siglos, desde Roberto el Piadoso (970-1031), que restauró el palacio de la Cité, hasta Juan II el Bueno. La corriente gótica queatravesó la Isla de Francia triunfó en tiempos de Luis IX, más conocido como San Luis (1226-1270), nieto de Felipe Augusto. Durante su reinado se construyeron algunos de los edificios más bellos, como la basílica de St-Denis y Notre Dame . Esta última surgió de la tierra como “la espiga más recia de cuantas han ascendido hacia el cielo”, en palabras de Charles Péguy. La creación gótica más representativa del arte cristiano se construyó en un siglo, a partir de 1163, sobre una serie de antiguos templos paganos. Notre Dame fue una beneficiaria directa de la nueva ordenación espacial que abrió el románico a la luz del gótico. La utilización de la bóveda de ojivas (del latín augure que quiere decir “sustentar), sostenida mediante contrafuertes y arbotantes, permite aumentar la altura de las bóvedas, reducir el diámetro de los pilares y el grosor de los muros. En estos últimos ya pueden abrirse vanos para colocar el principal elemento estético de las catedrales góticas, la vidriera . Entre las muestras más deslumbrantes del llamado gótico radiante hay que citar la cabecera de Notre Dame y, sobre todo, la Ste-Chapelle (1241-1248), que mandó construir san Luis para depositar las reliquias de la Pasión.

En el s. XIV, debilitada por los cismas y el traslado de los papas a Avignon, la Iglesia ya no puede imponer por más tiempo su punto de vista arquitectónico y la arquitectura militar toma el relevo. De­sa­fortunadamente, tras la ruinosa Guerra de los Cien Años (1337-1453), París pierde reyes, rango e inspiración.


Renacimiento urbano

En 1528, cuando Francisco I abandona el palacio de Fontainebleau y decide establecerse en la capital, le acompaña su gran corte de artistas y poetas italianos (la decoración interior de Fontainebleau había sido obra del florentino Fiorentino Rosso y del boloñés Primaticio). Finalizadas las guerras de Italia, París halla una nueva savia en el Renacimiento que impulsan los artistas italianos de formación humanística (doctrina cuyo fin último es el hombre y su desarrollo) y cuyos cánones estéticos hunden sus raíces en la Antigüedad clásica. Esta corriente se basa en una ornamentación a base de arcos, columnas, nichos con estatuas, cornisas, capiteles y pilastras. Sobre las fachadas verticales de ventanas con maineles se alzan los tejados inclinados cubiertos de pizarra y repletos de inmensas chimeneas; todos ellos característicos del gótico flamígero , heredero de una rica tradición medieval que sigue siendo la clave del arte francés y está presente en los palacetes de Sens y de Cluny.

Hacia 1540 los artistas franceses sustituyen a los italianos. En París destacan dos arquitectos que han vivido en Italia: Pierre Lescot (1515-1578), autor del ala occidental del nuevo Louvre (1546-1548) y de la fuente de los Inocentes (1547-1549), y Philibert de l’Orme (1510-1570), que proyecta el palacio de las Tullerías (se empezó a construir en 1564 y la Comuna lo incendió en 1871).


Enrique IV, el primer “urbanista” de París

Inmediatamente después de tomar posesión de una ciudad arrasada por las Guerras de Religión, Enrique IV emprende una serie de obras para embellecerla, como el Pont Neuf que, en 1606, conecta directamente por primera vez las dos orillas del río. Sus 12 arcos de medio punto están decorados con asombrosos mascarones, obra del arquitecto Baptiste Androuet du Cerceau (1555-1590).

El rey pretende dar mayor lustre al centro político de su reino mediante la construcción y reconstrucción de sus símbolos (el Louvre, las Tullerías) con materiales muchos más nobles (la piedra de sillería sustituye el adobe y la madera) y creando espacios mucho más elegantes, como la plaza Dauphine, conectada con el Pont Neuf en el extremo de la isla de la Cité, y la plaza Real, actual plaza de los Vosgos. Esta última, enmarcada por 36 edificios de ladrillo y piedra, representa la edad de oro del Marais.

Pensando en las carrozas parisinas, que se cuentan ya por centenares, se crean calles mucho más anchas que se abren camino entre bellísimos palacetes como el Hôtel de Soubise y el Hôtel Carnavalet.


El arte al servicio de la grandeza del rey

El interés por el urbanismo desaparece durante el reinado de Luis XIV, más ­preo­cupado por manifestar su poder que por racionalizar las calles de sus ciudades. De modo que la única opción que les queda a los artistas es inspirarse en el abecedario establecido por el rey. El estilo Luis XIV queda indefectiblemente asociado al rigor, la grandeza, la armonía y la simetría, rasgos recurrentes de un clasicismo inspirado en los modelos clásicos que tanto gustan al rey y que ponen de relieve el carácter absolutista de su monarquía.

En la fachada oriental del Louvre, mirando hacia la ciudad, la columnata (1667) de Claude Perrault (1613-1688), de 176 m de longitud, es una galería de columnas corintias pareadas, distribuidas a ambos lados de un gran frontón central con esculturas. En el mismo estilo, el Hospital de los Inválidos (1671-1676), construido después del de la Pitié-Salpêtrière (1654), es obra de Libéral Bruant (1637-1697). Presenta una fachada de 196 m de longitud y, en el centro, una gigantesca portada con aspecto de arco triunfal dedicado a la mayor gloria del rey. La plaza des Victoires y la plaza Vendôme, creadas por Jules Hardouin-Mansart (1646-1708), muestran el mismo ordenamiento a base de líneas simétricas que convergen también en la figura tutelar del rey, cuya estatua se alza en el centro. La Fábrica de los Gobelinos, dirigida por Charles Le Brun (1619-1690), y el Observatorio Astronómico son otros exponentes de este estilo artístico puesto al servicio del poder real. El palacio de Versalles –con proyecto de Le Vau y Mansart y decoración de Le Brun– es sin duda su muestra más representativa.

Por otra parte, el Rey Sol domesticó la naturaleza con la colaboración de André Le Nôtre (1613-1700) que, en 1666, siguiendo el eje del palacio de las Tullerías, diseñó un amplio paseo arbolado que tenía que llegar hasta la colina de Chaillot. Se imponen así los jardines de estilo francés que prefiguran los futuros Campos Elíseos.


La arquitectura del Siglo de las Luces

Tras la muerte de Luis XIV, las cosas cambiaron y los artistas no tardaron en adaptarse al gusto de sus clientes, deseosos de libertad y sencillez y ansiosos por abandonar la simetría fastuosa y centrípeta de la arquitectura absolutista.

El estilo rocalla

La época de la Regencia (1715-1723) se caracterizó por el triunfo de la exuberancia. En el nuevo Faubourg St-Honoré se construyen numeros palacetes (hôtels) y en las afueras de París proliferan las llamadas folies (locuras), caprichosas casas de campo como la folie del palacio de Brouillards y las de Montmartre).

El salón oval del Hôtel de Soubise, que Germain Boffrand construyó en 1737-1740, consagra una de las decoraciones de estilo rocalla Luis XV más espectaculares de todo París.

Los edificios urbanos de aspecto burgués se estandarizan y se convierten en construcciones estrechas de cuatro o cinco pisos con viviendas de una o dos habitaciones. La plaza de Luis XV, encargada por los regidores de París para granjearse el apoyo del rey, no tarda en convertirse en plaza de la Revolución, donde se instala la guillotina, antes de transformarse en plaza de la Concordia.

Regreso al clasicismo

Luis XV, el indolente nieto de Luis XIV, observa cómo la capital se hace sin él, a imagen de la iglesia de Ste-Geneviève, encargada al arquitecto Jacques Germain Soufflot (1713-1780) para agradecer a Dios su curación. En este templo iniciado en 1757, terminado en 1780 (después de su muerte) y desacralizado en 1791, se depositan los restos de las grandes personalidades de la nación; acaban de nacer el Panteón y el neoclasicismo . El regreso a los cánones del clasicismo se ve favorecido por el descubrimiento de dos ciudades italianas sepultadas por el Vesubio, Herculano y Pompeya. A continuación del Panteón, inspirado en los templos dóricos de Paestum, se construyeron la capilla de la Escuela Militar (1768-1775), proyectada por Ange-Jacques Gabriel (1698-1782) como la nave de un templo corintio, y los pabellones de recaudación que jalonan la muralla de Fermiers Généraux, obra del visionario Nicolas Ledoux (1736-1806). De estos últimos quedan cinco; entre ellos destaca el de la Villette, magníficamente restaurado.

La filosofía del Siglo de las Luces pretende romper radicalmente con el estilo rocalla y con su ideología de suficiencia, promoviendo el equilibrio y la sencillez formal. Esta visión estética se prolonga durante el Imperio, aunque, como se ve sometida a las funciones representativas que exige Napoleón (Arco del Triunfo, 1806-1836), enseguida pierde gran parte de su audacia. Como no hay mal que por bien no venga, la Revolución de 1789 liberó mucho espacio en el centro de París tras derribar numerosos conventos e iglesias. Cuando regresó de sus campañas militares, el Emperador, que hasta entonces había residido poco tiempo en la capital, consideró que era muy importante homenajear a su ejército haciéndolo desfilar (columna de Vendôme, arcos triunfales de la Estrella y del Carrousel) y que había que trazar las calles como si fuesen las de un campamento militar. La síntesis de las obsesiones imperiales fue la calle de Rivoli (1802-1835), obra de los arquitectos Charles Percier (1764-1838) y Pierre François Léonard Fontaine (1762-1853), organizadores de las fiestas del Primer Imperio, que abrió una segunda vía en sentido este-oeste.


París, de cara a un nuevo siglo

Con la llegada de Georges Eugène Haussmann (1809-1891), prefecto del Sena entre 1853 y 1870, París emprende por fin una ambiciosa política urbana.

La arquitectura de Haussmann

Entre 1852 y 1870 se construyen al menos 100.000 edificios nuevos. Actualmente nadie se atrevería a decir que la arquitectura de Haussmann es poco elegante. Sin embargo, en aquella época no tardaron en surgir las críticas ante los nuevos bulevares de perspectivas monótonas, interrumpidas en ocasiones por edificios de prestigio como la Ópera Garnier.

Como en el caso de las mansiones aristocráticas, las fachadas son de sillería y los muros de los patios interiores están hecho de ladrillo (por ejemplo, la fachada de Versalles que da a la ciudad es de ladrillo y la que da al jardín es de piedra); de modo que la normativa arquitectónica crea un panorama uniforme con aspecto de producción industrial, pero que la clase acomodada considera indigno de su categoría. Los edificios presentan balcones en la segunda y en la quinta planta; sobre ésta, que es la última, se alza una cubierta dotada de mansardas para los criados. La planta interior refleja el mismo espíritu. A la calle, antiguamente al jardín, abren las habitaciones nobles (salón, saloncito y comedor); al patio da la zona de servicio (cocina, aseos). Por otra parte, todos los inmuebles tienen dos escaleras, la principal para los señores y la de servicio para los criados. Con la llegada de nuevos inventos (sobre todo el ascensor) se modifica sensiblemente la jerarquía social y la segunda planta deja de ser la planta noble por excelencia (hasta entonces siempre tenía balcones y techos más altos). Y era lógico que así fuera porque la segunda planta ofrecía buenas vistas, no había que subir demasiadas escaleras y contaba con agua corriente (recordemos que con los antiguos acueductos el agua no tenía fuerza para subir más allá del segundo piso). Posteriormente se aprobaron varios decretos que suavizaron la normativa haussmaniana; por ejemplo, el de 1882 autorizó la construcción de miradores .

La aparición de nuevos materiales

En la Exposición Universal de 1889, organizada por la III República para conmemorar el centenario de 1789, triunfaron los nuevos materiales que ya estaba utilizando la sociedad industrial. Con el hierro y el vidrio se puede crear una nueva arquitectura cuyo efímero estandarte tendría que haber sido la torre del ingeniero Gustave Eiffel (1832-1923). El éxito de dichas técnicas, íntimamente relacionadas con la explotación del carbón (hierro colado y acero), y la industrialización de los métodos de producción dan origen a una serie de formas arquitectónicas en las que la belleza es más una cuestión de ingeniería que de códigos formales; así, el puente de Alejandro III es el primer puente de un solo arco que une ambas orillas del Sena. Los muros de carga pierden protagonismo ante las columnas de hierro; la resistencia del metal permite aumentar la altura y la luminosidad, como se puede apreciar en el Grand Palais (240 m de longitud y 45 m de altura) y en la nave de la iglesia de St-Augustin. La bóveda de esta última, obra de Victor Baltard (1805-1874) (más conocido por la combinación de metal, ladrillo y vidrio utilizada en el antiguo mercado central o Halles), se sustenta mediante arcos perpiaños de metal que permiten elevar a 50 m de altura su cúpula monumental.

La biblioteca de Ste-Geneviève, edificada en 1843 por Henri Labrouste (1801-1875), es el primer monumento público con estructura de vigas de acero.

Como consecuencia de su ductilidad, el hierro crea un nuevo universo de formas y el Art nouveau o modernismo rompe con las líneas rectas de la arquitectura haussmaniana. Las formas fantásticas inspiradas en la naturaleza invaden las grandes avenidas rectilíneas. Hector Guimard (1867-1942) diseña las bocas del metro. Su famoso Castel de la calle Béranger pretende erigirse en símbolo de la nueva exuberancia arquitectónica. A principios del s. XX cada edificio ha de ser una obra de arte.


Las grandes obras de la V República

Finalizadas las dos guerras mundiales, el éxodo rural agrava la ya endémica crisis de la vivienda . Durante el invierno de 1953-1954, que fue especialmente duro, el Abbé Pierre, protector de los sin techo, proclama que la capital está repleta de chabolas y que la genta se muere de frío porque no tiene dónde guarecerse. Se pone de manifiesto que hay que emprender una política de vivienda orientada hacia los más desfavorecidos.

Construcciones y rehabilitaciones

Con el hormigón armado surge un nuevo urbanismo basado en viviendas baratas y alquileres de precio medio. Ante la ausencia de un marco legislativo coherente, en el extrarradio, que crece sin cesar al ritmo del ferrocarril, empiezan a aparecer miles de casitas construidas de manera anárquica y sin ningún sentido de la estética. La necesidad de conseguir una vivienda, que se agrava a partir de 1945 debido al crecimiento demográfico, desbanca cualquier otra preocupación. Las viviendas sociales surgen junto a una capital que prácticamente no ha cambiado desde 1913, salvo para incrementar su suciedad y decrepitud, a pesar de las ideas para mejorar de algunos arquitectos de vanguardia como Le Corbusier (1887-1965).

Por fin, hacia 1955 se inicia un gran movimiento de transformación del viejo París ; St-Germain-des-Prés es el primer barrio rehabilitado y la estación de Mont­parnasse se derriba para luego reconstruirla. Durante el mandato del escritor André Malraux (1901-1976), ministro de Cultura desde 1959 hasta 1969, se restauran las fachadas de los grandes monumentos y se salva la plaza de los Vosgos, abandonada hasta entonces a una muerte programada. Sus sucesores tienen bastante menos visión de futuro: la demolición de las Halles de Victor Baltard empieza en 1971 (la halle Secrétan, en el distrito XIX es la única construcción de Baltard que permanece en pie).

Edificios cada vez más altos

Poco a poco empieza a despuntar una arquitectura ecléctica y más o menos afortunada. En 1967 se autoriza la construcción de edificios de hasta 37 m de altura y a partir de ese momento emergen grandes edificios y torres donde antes había construcciones industriales (barrios de Italie en el distrito XIII, de Front de Seine en el XV y de St-Blaise en el XX). La torre de Montparnasse (210 m), terminada en septiembre de 1973, es el edificio más alto de París después de la torre Eiffel, que mide 320 m. Lo útil pasa a ser más importante que lo bello.

Mientras tanto, en el oeste de la ciudad, los ingenieros empiezan a proyectar un nuevo barrio de negocios impulsado por de Gaulle; la primera piedra se pone en 1958. Rodeado por los municipios de Courbevoie, Nanterre y Puteaux, el barrio de La Défense ocupa una superficie de 750 ha y en los años 1990 ya había dos millones de metros cuadrados de oficinas.

París se adapta al automóvil

En los años 1960, de acuerdo con el lema de Georges Pompidou, el objetivo es “adaptar París al automóvil”. Atrás quedó la época en la que Catalina de Médici apenas veía circular tres carrozas por París. El bulevar periférico (cinturón urbano) se empieza en 1956 y sus 35 km se terminan en 1973. Por él discurre la cuarta parte de los desplazamientos parisinos y constituye un importante nexo de unión entre París y los municipios limítrofes. La prematura muerte de Georges Pompidou impide la realización de muchos otros proyectos, sobre todo el programa de autopistas de la orilla derecha.

La época de las grandes obras presidenciales

A finales del s. XX y principios del XXI, los presidentes de la República intentan imitar a los reyes del pasado, cada uno de los cuales procuraba dejar en la ciudad una huella evidente de su reinado. Como buen esteta y apasionado del arte contemporáneo, Georges Pompidou proclama su primer manifiesto arquitectónico: el Centro Beaubourg surge en 1976. Sus detractores, influidos sin duda por la reciente crisis petrolífera, critican su dudoso sentido estético. El siguiente proyecto importante es la transformación de la estación de Orsay en museo, obra promovida en 1977 por Valéry Giscard d’Estaing . Con François Mitterrand comienza una década de grandes obras polémicas: la Ópera Bastille, la Biblioteca de Francia y la Pirámide del Louvre. Jacques Chirac , gran aficionado al arte primitivo, termina de momento estos ciclos presidenciales con el nuevo Museo del Quai Branly (2006). Naturalmente, todos estos edificios se construyen con modernos materiales como el vidrio y el metal, e incluso un muro vegetal en el caso de este último.


Herencia y Porvenir

A lo largo de los siglos París ha acumulado un patrimonio que es fuente de divisas y turismo, pero que, por esa misma razón, obliga a efectuar grandes gastos que ponen en peligro su equilibrio presupuestario. Por otra parte, la ciudad ha de amortizar su deuda con el Estado , cuyos créditos concedidos a los monumentos históricos, que eran de 2,8 millones de euros en 2001, pasaron a ser de 0,57 millones de euros en 2004. Y es evidente que el patrimonio monumental no se ha reducido.

París invierte anualmente unos nueve millones de euros en la restauración de sus 96 edificios religiosos, que van desde la época romana hasta el s. XX. En ocasiones, el ministerio de cultura cofinancia algunas obras de importancia, como las actuales rehabilitaciones de la torre de St-Jacques (8,3 millones de euros) y de la torre norte de la iglesia de St-Sulpice (28 millones de euros). Cinco mil edificios y parcelas, vestigios de la Edad Media y de épocas más recientes, están protegidos actualmente. Entre 2001 y 2007 se invirtieron 82,2 millones de euros en la restauración del patrimonio parisino. Una auténtica minucia si comparamos dicha cifra con el presupuesto anual de funcionamiento del Louvre (200 millones de euros), asumido en su mayor parte por el Estado.

Las acciones de la ciudad también son esenciales para proteger las obras maestras futuras , las que todavía no se ven, como la arquitectura industrial de la Maison des Métallos, que estuvo a punto de desaparecer, así como para repartir más equitativamente la oferta cultural en el conjunto de su territorio, sobre todo en el norte y el este parisinos (Maison des Métallos, 104, Trois Baudets, Louxor y la nueva gran sala sinfónica La Philharmonie de Paris).

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