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Literatura

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Literatura

París no es sólo la capital política de Francia, también es su capital intelectual y cultural, cuyo prestigio desborda las fronteras del país. París y la literatura francesa tienen una historia común, porque muchos escritores nacieron o vivieron en la urbe y situaron en ella la trama de sus obras.


Nacimiento de una tradición

La historia de París como centro intelectual comienza en el s. XI con la creación de la Escuela de la catedral de Notre Dame (1021), en la que destacan el archidiácono Albert (muerto en 1040), Guillaume de Champeaux (1070-1121) y Pierre Abélard (1079-1142), el trágico amante de la bella Eloísa.

La fundación de la Universidad de París en 1215 pone punto final a la enseñanza de la teología en Notre Dame, pero su inmediato desarrollo y la creación de numerosos colegios hacen que muchos estudiantes acudan a la capital para formarse (llegan a ser más de 10.000 a mediados del s. XIII) y participar durante siglos en la evolución intelectual y literaria de París. El dialecto parisino pasa a ser el idioma oficial de la Corte.


Renacimiento y Humanismo

En 1530, a petición de Guillaume Budé, Francisco I funda el Colegio de Lectores Reales (futuro Colegio de Francia), en cuyo seno nace el movimiento humanista, una filosofía que convierte al ser humano en objeto principal del pensamiento y se caracteriza por la recuperación de las fuentes grecolatinas.

Pierre de Ronsard y sus compañeros de la Pléyade –Joachim du Bellay, Nicolas Denisot, Jacques Peletier du Mans, Rémy Belleau, Antoine de Baïf y Étienne Jodelle– estudian griego en dicho colegio; una enseñanza que les será muy útil cuando reflexionen sobre el modo de enriquecer la lengua francesa o crear neologismos procedentes de idiomas antiguos y regionales. En 1549 se publica su manifiesto, Defensa e ilustración de la lengua francesa, escrito por Joachim du Bellay, que pretende ser el acta fundacional de la poesía francesa.


El Gran Siglo

Después de ser el centro del humanismo en el s. XVI, en el s. XVII París da un impulso decisivo al clasicismo.

Durante los reinados de Enrique IV (1594-1610) y de Luis XIII (1610-1643), aunque se da prioridad a las obras de embellecimiento, la capital sigue siendo el principal destino de los intelectuales, que organizan reuniones privadas para comentar temas de actualidad, filosóficos, literarios y morales. El salón literario más importante de la primera mitad del s. XVII es sin duda el del palacete de Rambouillet, dirigido por Catherine de Rambouillet desde 1608 hasta 1659. El Salón de Hombres de Valentin Conrart, que empieza a reunirse en 1629, inspira al cardenal Richelieu la idea de crear la Academia Francesa. La misión de esta última, fundada oficialmente el 22 de febrero de 1635, es fijar la lengua francesa y crear un diccionario cuya primera edición se publicó en 1694. París se convierte en el centro literario más importante de Francia.

Luis XIV, que accede al trono en 1643, pero que no ejerce el poder hasta 1661, se autodenomina protector de las letras e incluso tolera que los autores eludan el discurso convencional para atacar a la sociedad de la época. Durante su reinado los salones literarios parisinos pierden importancia ante el gran atractivo de la Corte, instalada en Versalles, donde triunfa el clasicismo.

A pesar de todo, la vida intelectual parisina sigue activa y, a finales del s. XVII, se produce una gran disputa entre los clásicos y los modernos. En dicha dispu­ta, que surge en la Academia Francesa, se enfrentan dos modelos estéticos. Para los primeros, dirigidos por Nicolas Boileau (1636-1711), la creación literaria, al igual que las tragedias de Jean Racine (1639-1699), ha de ser una mera imitación de la Antigüedad, que goza de todas las virtudes; por su parte, los segundos, representados por Charles Perrault (1628-1703), sostienen que la literatura tiene que innovar.


El Siglo de las Luces y de los salones

A diferencia de Luis XIV, Luis XV y Luis XVI mostraron poco interés por las letras, de modo que la vida literaria y artística se alejó de la Corte y se recluyó en los cafés y salones de París, donde a partir de entonces nacen y circulan las nuevas ideas y donde se hacen y deshacen reputaciones.

Durante todo el siglo los salones literarios acogen a las mentes más preclaras de la época, entre las que se cuentan los políticos, los literatos y los científicos. La mayoría de ellos están dirigidos por mujeres, aristócratas modernas e intelectuales que mantienen una intensa correspondencia con sus contemporáneos. En la primera mitad del s. XVIII, Marivaux (1688-1763), Montesquieu (1689-1755) y Fontenelle (1657-1757) se reúnen los martes en el salón de la marquesa de Lambert desde 1710 hasta 1733. Allí coinciden con Antoine Houdar de La Motte (1672-1731), que discute sobre la validez de la regla de las tres unidades. Junto con el Abad Prévost (1697-1763), también acuden al salón de Madame Tenan y al de la marquesa de Le Deffand, en el que brilla con luz propia su amigo Voltaire (1694-1778), el escritor parisino por excelencia, de carácter irónico y animado. Por su parte, Denis Diderot (1713-1784) y Jean Le Rond d’Alembert (1717-1783) suelen asistir a las cenas del barón de Holbach, en las que al parecer se redactó la Enciclopedia.


ss. XIX y XX

Finalizada la Revolución Francesa, que mantuvo a los ciudadanos ocupados en otros temas diferentes de la literatura, ésta se popularizó en temas y lectores. Durante los ss. XIX y XX, aunque ya no todos los escritores viven en París, la capital sigue siendo el centro de la vida intelectual francesa. A través de las grandes corrientes literarias –realismo, romanticismo, simbolismo, naturalismo y surrealismo– los escritores participan en los debates políticos y sociales de su época.

Grandes frescos del s. XIX

París pasa a ser un tema literario que tan pronto es popular como rico y prestigioso. Los héroes provincianos de los dos grandes novelistas de París, Victor Hugo (1802-1885) y Honoré de Balzac (1799-1850), se sienten atraídos por la capital. Al igual que Eugène Sue (1804-1857), que hace un retrato histórico y político de la ciudad en Los misterios de París (1842-1843), Émile Zola (1840-1902) describe la sociedad parisina de la época en las 20 novelas que componen su gran fresco literario, Los Rougon-Macquart (1871-1893).

Charles Baudelaire (1821-1867) refleja sus visiones de París en los Cuadros parisinos de las Flores del mal (1857) y en los poemas reunidos en El spleen de París (1855-1864).

Del s. XX a nuestros días

Después de Montmartre y del Marais, Montparnasse vive su edad de oro en los llamados Años Locos. En el café La Closerie des Lilas se reúnen los artistas e intelectuales del momento. Pero, después de la Segunda Guerra Mundial, la efervescencia literaria se desplaza a St-Germain-des-Prés, donde todavía parecen estar presentes Jean-Paul Sartre (1905-1980), Simone de Beauvoir (1908-1986), Boris Vian (1920-1959) y Jacques Prévert (1900-1977).

Durante el s. XX los poetas y novelistas siguen hablando de París en sus obras: Colette (1873-1954), en su recopilación París desde mi ventana, y Jean Cocteau (1889-1963) sitúan sus obras en el entorno del Palais Royal, su barrio de residencia. Céline (1894-1961), que se cría en el passage Choiseul, cerca de la plaza des Victoires, la inmortaliza en su novela Muerte a crédito (1936). En las obras de Georges Simenon (1903-1989), la capital, y en particular el Quai des Orfèvres, es escenario de más de cien investigaciones del célebre comisario Maigret, al tiempo que Montmartre aparece descrito en varias novelas de Marcel Aymé (1902-1967), residente en el barrio. A finales del s. XX Daniel Pennac (1944-) escoge París, y más concretamente Belleville, para situar su divertida serie sobre la familia Malaussène: La felicidad de los ogros (1985), El hada carabina (1987), La pequeña vendedora de prosa (1989), El señor Malaussène (1995).

Finalmente, después de los tres tomos de Dames du faubourg (1987-1991), que recrean la rica historia social y política del Faubourg St-Antoine, después de L’Empereur (1996) y Demoiselles des lumières (2005), Jean Diwo (1914-) publica en 2007 la última de sus novelas históricas dedicadas a París: 249, Faubourg Saint-Antoine.

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