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Pintura y escultura

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Pintura y escultura

La pintura y la escultura francesas están estrechamente vinculadas a París, ciudad que desde hace siglos ha iniciado y acabado las diferentes corrientes artísticas. Los pintores y escultores, que durante mucho tiempo permanecieron sometidos a las exigencias monárquicas y, por lo tanto, religiosas, hallaron en el París de los ss. XIX y XX un espacio de libertad y de creación admirado en todo el mundo.


Edad Media

En la Edad Media el arte francés domina Europa, pero se trata de un arte esencialmente religioso, puesto que la religión es la base de la sociedad. La pintura y la escultura aparecen en este entorno a medida que empiezan a decorarse los edificios góticos.

La pintura gótica se expresa ante todo en las vidrieras, una tradición que se remonta al s. VIII. Las de la Ste-Chapelle, las más antiguas de París, que tienen una superficie de 618 m², y el rosetón de Notre Dame son auténticas obras maestras tanto por su realismo como por su variedad y su colorido.

La escultura gótica alcanza asimismo un gran desarrollo porque las iglesias, como Notre Dame, se llenan progresivamente de estatuas. La acertada combinación de realismo y sentido dramático acaban por transformar este arte decorativo en un arte auténtico. La portada del Juicio Final constituye un paso fundamental hacia un estilo más sobrio, que se impone en el s. XIII como estilo gótico francés.


Renacimiento (ss. XIV-XVI)

A principios del s. XIV los artistas italianos ejercen gran influencia en las escuelas parisinas. La búsqueda de la belleza ideal desemboca en el estilo manierista y la pintura se inspira en temas nuevos como la mitología, el retrato y episodios humanistas de la Antigüedad.

El arte de las vidrieras alcanza su apogeo con artistas como Jean Cousin el Joven (1522-1594). El juicio de Salomón y La historia de la Virgen, de la iglesia de St-Gervais, demuestran que las vidrieras son auténticos cuadros.

En el campo de la escultura destacan Germain Pilon (1528-1590) y Jean Goujon (¿1510?-¿1568?). Este último, que conserva un estilo propio aunque sin rechazar el manierismo, es célebre por sus Tres Gracias de la fuente de los Inocentes; sus mujeres semidesnudas, apenas tapadas por ligeras túnicas clásicas, provocaron la admiración de sus contemporáneos, y en particular la de Diderot.


El Gran Siglo (s. XVII)

La influencia italiana perdura durante la primera mitad del s. XVII. En tiempo de Enrique IV, que se propone embellecer la capital del reino, los artistas parisinos se dedican sobre todo a decorar los palacios reales, como el del Louvre y el del Luxembourg. Por otra parte, París pasa a ser un tema pictórico en los grabados de Jacques Callot (1592-1635) y en las obras de los paisajistas holandeses Abraham De Vermer (¿1600?-1650) y Zeeman (¿1623?-¿1667?), fascinados por las orillas del Sena.

Con el ascenso de Luis XIV al trono de Francia (1643) las cosas cambian radicalmente y se impone el arte monárquico, que recibe el nombre de arte clásico. El rey lo convierte en un instrumento de glorificación y París es su principal beneficiario.

En 1648 se funda la Academia de Pintura y Escultura, que pasa a ser la escuela artística francesa por excelencia hasta 1793. Su objetivo es fijar la doctrina artística y formar a los jóvenes talentos. Uno de sus fundadores, Charles Le Brun (1619-1690), primer pintor del rey, trabaja en todos los edificios importantes (Louvre, Tullerías, Versalles). Otros pintores como Simon Vouet (1590-1649), Nicolas Poussin (1594-1665) y Eustache Le Sueur (1616-1655) realizan la síntesis entre la decoración histórica y la expresión de los sentimientos.

En el campo de la escultura, los mejores artistas contribuyen asimismo al embellecimiento de París: Antoine Coysevox (1640-1720) crea los grupos escultóricos que adornan el jardín de las Tullerías, mientras que su sobrino, Guillaume Coustou (1677-1746), da rienda suelta a su talento en los impresionantes Caballos de Marly, situados actualmente en la plaza de la Concordia.


El s. XVIII, entre el barroco y el clasicismo

En el s. XVIII París sigue siendo el alma de la vida artística francesa. Las exposiciones (o salones) comienzan a celebrarse con regularidad. Los gustos del público empiezan a formarse gracias a la influencia de un nuevo género literario, la crítica artística. Los pintores y escultores más conocidos de la época decoran los interiores burgueses.

Antoine Watteau (1684-1721) se convierte en creador de un nuevo género llamado “fiesta galante” con su Peregrinación a la isla de Citera (1717, Louvre). El retrato, género en el que destacan Élisabeth Vigée-Lebrun (1755-1842) y Quentin de la Tour (1704-1788), alcanza un éxito creciente. Por su parte, en su taller parisino, Jean Siméon Chardin (1699-1779) se dedica a la pintura de género y a las naturalezas muertas. Otros pintores importantes de esta época son Jacob Van Loo, Nicolas Lancret y Jean-Baptiste Greuze.

A finales del s. XVIII la pintura busca su camino entre el prerromanticismo de François Boucher (1703-1770) y Jean-Honoré Fragonard (1732-1806) y el neoclasicimo, muy bien representado por Jacques Louis David (1748-1825) con su Juramento de los Horacios (1784, Louvre).

En la escultura, las obras monumentales son tan numerosas como en el Gran Siglo, con artistas como Robert Le Lorrain (1666-1743), Edme Bouchardon (1698-1762) y Jean Baptiste Pigalle (1714-1785).


ss. XIX y XX

El s. XIX es una época de mutaciones rápidas en la que París se convierte en la capital artística de Europa. El Salón Bienal de la Academia, abierto desde la Revolución Francesa a todos los artistas vivos, sigue estableciendo un arte “oficial”, pero se abre a otras corrientes artísticas.

La pintura a principios del s. XIX

En una época en la que imperan los colores vivos y la fantasía, Théodore Géricault (1791-1824) presenta en el Salón de 1819 La balsa de la Medusa (1819, Louvre), que se opone radicalmente al estilo clásico por el atrevimiento de su composición y por la expresividad de los personajes. El cuadro causa sensación y abre las puertas al romanticismo, en el que destaca Eugène Delacroix (1798-1863).

A partir de ese momento surgen dos grandes corrientes enfrentadas, una que defiende la superioridad del dibujo y otra que apoya la supremacía del color. Dominique Ingres (1780-1867), inspirado en la Antigüedad clásica, pierde la “batalla” ante los partidarios del color en el Salón de 1827 con La apoteosis de Homero (1827, Louvre), antes de imponer el academicismo en el Salón de 1863.

Ese mismo año, Édouard Manet (1832-1883) crea el Grupo de 1863, al que se incorporan todos los pintores excluidos del Salón oficial; por primera vez, estos últimos pueden exponer sus obras en un anexo de la exposición principal, el llamado Salón de los rechazados. Manet se impone en esta ocasión como una figura imprescindible de la vanguardia. Al igual que Henri Fantin-Latour (1836-1904), pinta los placeres de la vida cotidiana, aunque sus representaciones de la mujer provocan cierto escándalo (El desayuno en la hierba y Olympia, 1863, Orsay). Al igual que el pintor realista Gustave Courbet (1819-1877), son los precursores del impresionismo.

El impresionismo

Los impresionistas Claude Monet (1840-1926), Auguste Renoir (1841-1919) y Alfred Sisley (1839-1899), que viven en Argenteuil, así como Camille Pissarro (1830-1903), ofrecen una nueva interpretación de la naturaleza al aire libre a base de luz y de color. Con ellos se pone de moda el paisaje urbano de París: Monet pinta la iglesia de St-Germain-l’Auxerrois y la estación de St-Lazare; Renoir, el Moulin de la Galette; Sisley, la isla de San Luis, y Pissaro, el Pont Neuf…

Por su parte, Edgar Degas (1834-1917), relativamente marginado del movimiento, muestra con realismo la vida parisina, sobre todo en sus bocetos de bailarinas de rasgos firmes.

Los postimpresionistas

A principios del s. XX, entre 1885 y 1915, aparecen varias corrientes artísticas que se alejan o se oponen al impresionismo.

En primer lugar, el éxito del impresionismo abre las puertas al puntillismo (o divisionismo) de Georges Seurat (1859-1891). Mediante una sencilla yuxtaposición de colores primarios y complementarios pinta las orillas del Sena Tarde de domingo en la isla de la Grande Jatte (1886, Art Institute of Chicago) y La torre Eiffel (1889, Fine Arts Museum, San Francisco).

Sin romper con el impresionismo, Paul Gauguin (1848-1903) y Vincent van Gogh (1853-1890), que vive en París entre 1886 y 1888, conceden mayor importancia a la intensidad de la expresión, apoyada mediante colores vivos. Su estilo anuncia ya el fauvismo y el expresionismo.

Por su parte, Henri de Toulouse-Lautrec (1864-1901), de carácter muy parisino, no se siente tan atraído por los monumentos como por los cabarés, teatros y prostíbulos que suele visitar, sobre todo los de Montmartre, el barrio donde vive. Algunos de sus lienzos y carteles reproducen el ambiente del Moulin Rouge: Moulin Rouge (Valentin le Désossé formando a las chicas nuevas) (1889-1890), Baile en el Moulin Rouge (1890), En el Moulin Rouge (1892) y el célebre cartel Moulin Rouge-La Goulue (1891).

Entre los nabis, que se anticipan al modernismo, Édouard Vuillard (1868-1940) refleja con gran sensibilidad la intimidad de los hogares burgueses, los jardines y las plazas. Su serie de nueve paneles Jardines públicos (1894, Museo de Orsay) es una obra maestra del postim­presionismo.

Del fauvismo al expresionismo

El Salón de Otoño de 1905, que expone obras de Maurice de Vlaminck (1876-1958), Henri Matisse (1869-1954) y André Derain (1880-1954), constituye la presentación oficial del fauvismo, que se caracteriza por sus colores vivos puestos al servicio de la emoción. Sus seguidores, que enarbolan la bandera de la libertad, viven como bohemios en la Butte Montmartre y en el Bateau Lavoir. Pero los auténticos pintores de París son sin duda Maurice Utrillo (1883-1955), que pinta sobre todo vistas de Montmartre, su barrio de nacimiento, y Albert Marquet (1875-1947), que prefiere los puentes del Sena y las vistas nocturnas de las calles iluminadas.

Pablo Picasso (1881-1973) es el precursor del cubismo, que descompone los objetos en formas geométricas. Georges Braque (1882-1963) le acompaña en esta nueva vía artística. Robert Delaunay (1885-1941), cuyas investigaciones sobre el color le conducen a una monocromía casi total, realiza un importante trabajo sobre los monumentos de París: serie de París-St-Séverin (1909-1910) y de la Torre Eiffel (1909-1911) y La ciudad de París (1910-1912, Museo de Arte Moderno de la Ville de Paris).

Amadeo Modigliani (1884-1920), Chaïm Soutine (1893-1943), Marc Chagall (1887-1985), Ossip Zadkine (1890-1967) y Fernand Léger (1881-1955) prefieren vivir en el barrio de Mont­parnasse y dedicar todos sus esfuerzos al expresionismo. Trabajan en los talleres de la Ruche y se expresan con la máxima libertad. Es la edad de oro de la Escuela de París, que se prolongará hasta finalizada la Segunda Guerra Mundial para dar paso al surrealismo.

Entre los contemporáneos, Balthus (1908-2001), que tiene una visión misteriosa y melancólica de París (Jardin du Luxembourg, 1927; Le Café de l’Odéon, 1928; Los muelles, 1929), y Bernard Buffet (1928-1999) observan los monumentos parisinos con ojos nuevos.

Escultura

Durante los ss. XIX y XX la escultura experimenta unas mutaciones tan rápidas como la pintura. Durante el Segundo Imperio y la III República, París se convierte en un “museo al aire libre”.

Jean-Baptiste Carpeaux (1827-1875), autor de La danza (1869), situada en la fachada de la Ópera Garnier, y François Rude (1784-1855), cuya obra más conocida es La Marsellesa del Arco del Triunfo, preceden a los grandes maestros de finales del s. XIX: Auguste Rodin (1840-1917) y Aimé-Jules Dalou (1838-1902).

A principios del s. XX, las esculturas de Antoine Bourdelle (1861-1929) y de Aristide Maillol (1861-1944) recuperan el ideal clásico, mientras el arquitecto Hector Guimard (1867-1942) introduce el modernismo y una nueva exuberancia arquitectónica.

La escultura contemporánea también está presente en la capital: columnas de Daniel Buren (1938-) en el Palais Royal; fuente de Stravinsky, de Jean Tinguely (1925-1991) y Niki de Saint-Phalle (1930-2002), en Beaubourg; móvil del estadounidense Alexander Calder (1898-1976) en la Unesco y en la Défense, donde también se encuentran la fuente musical monumental de Yaacov Agam (1928-), el Pájaro mecánico de Philolaos (1923-) y Las Corolas de Louis Leygue (1905-1992).

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