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Las letras francesas
Las letras francesas
La andadura literaria francesa se inicia hacia el año 1080 con el Cantar de Roldán. Mucha tinta ha corrido desde entonces y muchos son los nombres que han quedado para la posteridad desde Chrétien de Troyes hasta Proust pasando por La Fontaine, Voltaire, Flaubert o Sartre. No en vano Francia es el país que más premios Nobel ha cosechado, 14 en total.
Edad Media y Renacimiento
La literatura francesa se inaugura con la epopeya: el Cantar de Roland (h. 1080) abre el camino a los cantares de gesta, que durante siglos hacen vibrar a un auditorio fascinado por las hazañas de Carlomagno y los cruzados. En el s. XII aparece el romance, que nos habla de valerosos caballeros que aspiran a conquistar a su dama o que buscan el mítico Grial. El amor “cortés” está íntimamente ligado al misticismo y los personajes de la Tabla Redonda (cuyas aventuras nos narró magistralmente Chrétien de Troyes) van unidos en el imaginario occidental a la pasión fatal de Tristán e Isolda. La literatura medieval se expresa también a través del teatro –religioso (misterios y milagros) o profano (farsas)–, del fabliau y de la poesía lírica, encarnada, además de por los trovadores provenzales, por Rutebeuf y François Villon.
La invención de la imprenta cambia de forma radical el estatuto de la literatura: el libro reemplaza a la palabra. El redescubrimiento de los textos clásicos y el nacimiento del humanismo italiano crean una nueva visión del hombre que se verá reflejada en las obras de Rabelais (Gargantúa y Pantagruel), Montaigne (Ensayos), Du Bellay (Añoranzas) o Ronsard (Amores). Diccionarios, tratados de poética o traducciones (Calvino publica una traducción de la Biblia en 1541) dan sus letras de nobleza al francés, que Francisco I impone como lengua administrativa oficial con el edicto de Villers-Cotterêts (1539).
Clasicismo e Ilustración
El s. XVII es el siglo del orden: se normaliza y depura la lengua francesa (creación de la Academia Francesa en 1635), Descartes publica su Discurso del método, redacción de tratados de poética (Boileau). El teatro vive su edad de oro (Corneille, Racine, Molière). El clasicismo lleva a la perfección el género breve: máximas de La Rochefoucauld, retratos de La Bruyère, cartas de Madame de Sévigné o las fábulas de La Fontaine. Mención aparte merece Pascal, inventor de máquinas y teoremas, polemista y que en sus póstumos Pensamientos (1670) nos lega sus ideas más brillantes. Prácticamente monopolizada por los preciosistas, la novela deja dos obras maestras: las Cartas portuguesas (1669) atribuidas a Guilleragues y La princesa de Clèves (1678) de Madame de La Fayette.
Con el Siglo de las Luces la razón deja de estar al servicio del orden y de la religión para reivindicar la felicidad del hombre en la tierra; el filósofo se involucra en la organización política, defiende el liberalismo económico, se revela contra los abusos y el oscurantismo. La Enciclopedia (1746-65) de Diderot y d’Alembert es un magnífico ejemplo de este compromiso con el que se pretende agrupar conocimientos antes dispersos. Los grandes ilustrados alternan tratados filosóficos y obras de ficción: Montesquieu (Del espíritu de las leyes, Cartas persas), Voltaire (Cartas filosóficas, Cándido), Diderot (Pensamientos filosóficos, El padre de familia), Rousseau (Confesiones, La nueva Eloísa). La novela explora nuevos caminos y produce grandes obras maestras: Manon Lescaut de Prévost, Jacques el fatalista de Diderot, Les amistades peligrosas de Laclos o las obras libertinas de Sade. El teatro del s. XVIII, cuando no imita a los clásicos, traduce las aspiraciones del nuevo mundo que se perfila (Marivaux, Beaumarchais).
Siglos XIX y XX
El s. XIX estará marcado por la Revolución y el movimiento romántico. La poesía se renueva con el lirismo de Lamartine o Musset, la modernidad de Baudelaire (Las flores del mal), el idealismo de Vigny, la “videncia” de Rimbaud (Iluminaciones) y el hermetismo de Mallarmé. Victor Hugo (Nuestra Señora de París) es la gran figura del romanticismo francés, además de un gran novelista; en su obra alterna intimismo y epopeya con los panfletos más virulentos. La novela –y el relato, en el que destacan Mérimée y Maupassant– afirma su hegemonía: Balzac (La comedia humana), Zola (Los Rougon-Macquart), Stendhal (Rojo y negro), Flaubert (Madame Bovary) y Dumas (Los tres mosqueteros) son sus principales representantes. La Historia es el eje conductor de la obra de Michelet o Chateaubriand. En teatro destacan dos obras magistrales: La dama de las camelias de Dumas hijo y Cyrano de Bergerac de Rostand.
El s. XX es una época de ruptura y búsqueda. Apollinaire libera los versos de sus numerosas trabas. Los surrealistas, encabezados por Breton, buscan su inspiración en el inconsciente y en la escritura automática; muchos acaban volviendo al lirismo amoroso (Eluard, Aragon, Saint-John Perse). Prévert y Michaux demuestran que la poesía puede ser popular y aplicarse a la realidad más cotidiana. En novela, la tradición se perpetúa con el irónico Anatole France, el catolicismo comprometido de Mauriac y Bernanos, o con el revolucionario Malraux. Con En busca del tiempo perdido, Proust transforma el mundo en una serie de metáforas que dejan al descubierto la cara oculta de la realidad. Gide es el gran maestro de la “puesta en abismo. La obsesión de Céline es “transmitir la emoción del lenguaje hablado” (Viaje al fin de la noche). Los existencialistas Sartre y Camus difunden su original visión del mundo. Los años 60 están marcados por el advenimiento del “nouveau roman” (Sarraute, Duras, Beckett, Simon…) que rechaza tanto la noción de personaje como la de intriga. Tras los pasos de Queneau, Perec construye una obra personal llena de extravagantes imposiciones. Hoy día cohabitan en las librerías Modiano, Sollers, d’Ormesson, Nourissier, Tournier, Rinaldi, Quignard, Houellebecq, Angot... En el teatro se revisitan los grandes clásicos (Giraudoux, Sartre, Cocteau, Anouilh). Al rigor trágico más clásico de Montherlant se opone Genet, que utiliza la escena para liberar sus impulsos y criticar la sociedad. Pero los mayores representantes del teatro del absurdo son, sin duda, Ionesco (La cantante calva) y Beckett (Esperando a Godot).

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