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Si Irlanda fuese un color sería una gama deslumbrante de verdes, vivos como una pradera inundada de sol, fluorescentes como el césped bajo un cielo gris, brillantes como las hojas después de la tormenta.

La llamada “isla esmeralda”, situada al oeste de Gran Bretaña, tiene una superficie de 84.421 km2, es decir, la sexta parte de España, y una población de 5,8 millones de habitantes, de los cuales 1,7 millones viven en los 14.139 km2 de Irlanda del Norte. En este pequeño territorio ningún punto dista más de cien kilómetros del mar (más de 3.100 km de costas), ya que la distancia máxima de norte a sur es de 483 km y su anchura de este a oeste no supera los 275 km. Pero tenga en cuenta que en Irlanda distancia corta no es sinónimo de trayecto corto, porque las carreteras sinuosas y estrechas, a veces con mucho tráfico, el mal tiempo y la escasa señalización, obligan a ir despacio... y a disfrutar del paisaje.


Irlanda en todo su esplendor

La fisonomía de la isla es muy variada, porque su geología se estructuró durante varios cientos de millones de años.

Una tierra nacida del agua y del fuego

Las rocas más antiguas datan de la era primaria (de 400 a 600 millones de años), como el granito que constituye las Wicklow y las Blackstair Mountains, en el sudeste, y parte del Donegal, en el noroeste. Sin embargo, la roca más habitual es la caliza del carbonífero, de origen sedimentario, que forma el suelo sobre el que los ríos del interior excavaron su lecho.

La huella de los volcanes

Los macizos montañosos de Irlanda están cubiertos de espesos bosques, generalmente de coníferas, y rodeados de grandes extensiones de landas o praderas parceladas mediante muros de piedra. Estos conjuntos compactos, originados por un choque de continentes (hace doscientos ochenta millones de años) y por la actividad volcánica de la era terciaria, parecen auténticas montañas a pesar de su escasa altura, que rara vez supera los 800 m. Cada macizo posee su propia fisonomía, a veces sorprendente, como la forma puntiaguda de algunas cumbres del Donegal que recuerda la silueta de los volcanes. Al sur de Dublín, las Wicklow Mountains constituyen el mayor macizo del país, mientras que en la península de Iveragh, al sudoeste de Killarney, se encuentra el Carrantuohill (1.041 m), la única cumbre de la isla que supera los 1.000 m de altitud.

La huella de los glaciares

La actual fisonomía de Irlanda es en gran parte consecuencia de la labor de los glaciares, que se retiraron hace sólo diez mil años después de cubrir la isla durante más de un millón de años. El trabajo del hielo y de las morrenas dejó sus huellas en el conjunto del país, excavando en todas partes valles y circos, erosionando antiguos macizos y dejando entre las montañas largos y profundos regueros de arena y de grava como la llanura del Curragh, cerca de Kildare. La retirada de los glaciares también originó drumlins, pequeños montículos curvos que a veces formaron islas en las bahías, como en el caso de Clew Bay, en la región de Westport, o en el de Strangford Lough.

Costas suaves, costas atormentadas

Los 3.172 km de costas irlandesas presentan una sucesión de valles, colinas de escasa altitud y montañas, a veces escarpadas, así como anchos estuarios excavados por los ríos. El mar se introdujo en las tierras y formó fiordos y profundas rías, sobre todo en la costa oeste. En muchas zonas las montañas llegan justo al borde del océano y crean un relieve vertiginoso, como los acantilados de Moher y de Bunglass, sometidos permanentemente a la acometida de las olas provocadas por el viento, que suele soplar con fuerza.

Por su parte, la costa este muestra paisajes menos accidentados, con colinas arboladas que forman ondas y terminan en acantilados calizos de media altura que crean una línea blanca interrumpida por largas playas de arena.

En el norte el litoral muestra un aspecto más atormentado, como las altas mesas de basalto estriadas por pequeños valles de la costa de Antrim y los célebres órganos basálticos de la Calzada de los Gigantes, de origen volcánico.

Una tierra que huele a turba

El interior de la isla, así como las grandes extensiones de la costa oeste, está repleto de turberas (bogs). Al secarse, esta espesa capa de materia esponjosa y color marrón oscuro se convierte en un combustible (la turba) de bastante buena calidad que desprende un humo acre de olor característico. Procede de la lenta descomposición de musgos y diferentes vegetales acumulados durante milenios en las depresiones. Aunque los procesos de formación fueron similares, las turberas presentan aspectos muy variados según se encuentren en montañas, llanuras o bosques. Se distinguen principalmente los raised bogs, o turberas climáticas, formadas a partir de hierbas en las regiones muy lluviosas de la costa oeste, y los blanket bogs, o turberas topográficas, constituidas por musgos en descomposición en las zonas menos húmedas del centro del país.

Las turberas se explotan con fines industriales sobre todo en las llanuras, donde llegan a alcanzar un espesor de 12 m. Antiguamente se cortaba a mano con instrumentos específicos, pero ahora la turba se trata con máquinas. Se vende en forma de briquetas como combustible doméstico y también se utiliza para alimentar centrales térmicas (actualmente el 14% de la energía eléctrica de Irlanda se obtiene de la turba). Se utiliza asimismo en procesos químicos y en horticultura.

La acidez de las turberas ha permitido la conservación de testimonios tan variados como esqueletos de renos gigantes de la era glacial, cuerpos humanos momificados, piraguas del neolítico e infinidad de objetos de la vida diaria, de todas las épocas, que se exponen en los museos del país. Como este entorno es excelente para la conservación de la madera, los ebanistas irlandeses utilizan en ocasiones pinos de varios millares de años de antigüedad.

Aguas vivas, aguas tranquilas

Las abundantes lluvias que riegan permanentemente la “isla esmeralda” alimentan una red hidrográfica muy importante. Irlanda cuenta con cerca de 26.000 km de ríos que las diferentes poblaciones de la isla utilizaron siempre como vías de comunicación, sobre todo en tiempos de los vikingos.

Ríos

Por el centro del país fluye el Shannon, el río más largo de Irlanda (370 km), que es de aguas tranquilas y curso navegable. Se ensancha formando el Lough Ree y el Lough Derg, dos lagos muy turísticos que hacen las veces de embalses naturales y de reguladores del caudal durante las crecidas. En los ss. XVII y XVIII se excavó el Gran Canal, que conectó el Shannon con la costa este y con Dublín, y permitió crear una densa red de navegación interior.

Otros ríos de menor tamaño, como el Blackwater, el Nore, el Suir, el Barrow y el Slaney, fluyen desde el centro de la isla hacia la costa sur. Después de abrirse camino a través de las colinas, desembocan en el mar formando rías por las que la marea se adentra profundamente en el interior de las tierras. En la bahía de Waterford, la más impresionante de todas estas formaciones marítimas, confluyen los estuarios de tres ríos hermanos (Suir, Barrow y Nore).

Un país de lagos

Entre los numerosos lagos que cubren los 1.450 km2 del territorio, el Lough Neagh –el mayor aunque poco profundo– ocupa una superficie de 400 km2 en Irlanda del Norte. Sus orillas no ofrecen paisajes grandiosos, al contrario de lo que ocurre con el Lough Erne, también en Irlanda del Norte, cuyo entorno de bosques y altas colinas recuerda los paisajes escandinavos. En muchas zonas también hay turloughs (o turloch), una especie de enormes charcos que sólo existen en Irlanda y que se llenan de agua o se secan en función de las precipitaciones. Para terminar citaremos los lagos artificiales, creados en tiempos del esplendor artistocrático del país, que ponen un toque casi mágico junto a las espléndidas mansiones señoriales.


Las cuatro estaciones en un solo día

Irlanda tiene un clima oceánico, suavizado por la corriente del Golfo que baña toda la parte occidental de la isla. El termómetro oscila de media entre 4 y 7 °C en enero y febrero (los meses más fríos), y entre 14 y 16 °C en julio y agosto (los más cálidos, con algunas puntas en torno a 25 °C). Salvo en las regiones montañosas, donde a veces la temperatura desciende por debajo de 0 °C, no suele hacer mucho frío.

Las precipitaciones son abundantes durante todo el año (1.000 mm anuales de media), aunque abril es el mes más seco y el mayor número de horas de sol se da en mayo y junio, con una media de 5.30 a 6.30 horas diarias. Como consecuencia de los vientos oceánicos, el aspecto del cielo puede experimentar grandes variaciones durante el día y pasar del azul intenso a grandes nubarrones en sólo unas horas. En todas las regiones del país llueve como mínimo una vez al día, aunque sólo sea unos minutos. En consecuencia, el impermeable, la gabardina o el paraguas son imprescindibles en todas las estaciones.


El triunfo de la naturaleza

Cuando recorra Irlanda le sorprenderán la belleza y la majestuosidad de los árboles, que crecen sin límites en un clima muy favorable. Sin embargo, la violencia de los vientos del oeste y la historia del país explican el reducido índice de superficie forestal (4% del territorio), que sitúa a Irlanda en el grupo de los países menos arbolados de Europa.

Deforestación masiva

En su origen el país estaba cubierto de grandes bosques de robles, un árbol que dio nombre a ciudades como Kildare o Derry. La deforestación necesaria para el desarrollo de la agricultura adquirió un tono mucho más dramático a partir del s. XVIII. Los ingleses cortaron cantidades ingentes de árboles, no sólo para satisfacer las necesidades de la construcción naval y de la industria, sino también para acabar con los tradicionales refugios de los insurgentes. Por fin, en los años 1930, tras la independencia del país, se inició una eficaz política de repoblación que permitió que el país recuperase gran parte de su patrimonio forestal.

Un edén de jardines y parques

Aunque la mayoría de las montañas están cubiertas de coníferas, los bosques de las llanuras y los magníficos parques forestales, repartidos por todo el país, están poblados de especies muy variadas.

El roble albar, el tejo, el acebo y el espino blanco son las especies vegetales más habituales. En el s. XVIII las autoridades animaron a los grandes propietarios a introducir especies exóticas que, como las hayas y los castaños, se integraron perfectamente en la flora indígena. Otras especies como los rododendros, las fucsias arborescentes, las palmeras, los eucaliptos y las omnipresentes yucas crecen sobre todo cerca de las costas, cuyo clima es muy suave debido a la corriente del Golfo.

La flora decorativa de los jardines, muy de moda en la época victoriana, refleja el eclecticismo y el refinamiento del ambiente cosmopolita del Imperio británico. En toda la isla, los jardines japoneses y otros jardines temáticos muestran la afición de los irlandeses por los jardines de estilo inglés, que concilian con aparente desorden la exuberancia de las especies indígenas y el encanto aristocrático de diversas plantas exóticas procedentes de todo el mundo.

Exotismo en libertad

Algunas de estas especies se han aclimatado tan bien al suelo irlandés que se han extendido por todas partes. A lo largo de los setos que limitan las carreteras suele haber fucsias y rododendros que se mezclan en ocasiones con las flores amarillas de la retama, el verde de los helechos y el malva del brezo, plantas que florecen en las landas irlandesas durante casi todo el año. Asimismo hay que citar el trébol (shamrock), convertido en símbolo de Irlanda porque, según la leyenda, san Patricio utilizó sus tres hojas para hablar del misterio de la Trinidad a los paganos. De un modo más prosaico, está omnipresente en los verdes prados donde pastan las ovejas.

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