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Los irlandeses

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Los irlandeses

Los tópicos que definen a los irlandeses continúan vigentes: hermosas mujeres pelirrojas de piel clara y pecosa y ojos color de mar, hombres parlanchines de tez morena y aficionados a beber cerveza. Pero la realidad es muy diferente. De hecho, tras la llegada de diferentes pueblos a lo largo de los siglos, Irlanda alberga hoy una población muy variada. Los irlandeses actuales, con su cultura y sus contradicciones, son herederos de su agitado pasado.

La isla tiene en la actualidad 5,8 millones de habitantes. La mayoría –4 millones– vive en la República de Irlanda. La población de la isla es joven (más de la mitad tiene menos de 25 años), aunque la reducción conjunta de la mortalidad y la natalidad, debida a la menor influencia de la Iglesia católica, provocan su progresivo envejecimiento. A pesar de todo hay que destacar que la República sigue teniendo uno de los mayores índices de fecundidad de Europa. La distribución de la población es muy desigual, puesto que la mitad de los irlandeses vive en las ciudades y el hábitat rural está muy disperso.


Orígenes

En la época prehistórica los primeros ocupantes, procedentes de Escocia, vivían de la caza y la recolección. Más tarde, durante el Neolítico, llenaron el territorio de megalitos, piedras verticales, dólmenes y círculos de piedras para honrar a sus muertos. Anticipándose a otros pueblos europeos, construían casas de piedra y se dedicaban a la agricultura y a la cría de cerdos, cabras y ovejas. En la edad del bronce demostraron ser hábiles orfebres que realizaron magníficos objetos, algunos de oro macizo.

Los celtas

Las sucesivas oleadas de invasores celtas definieron poco a poco el perfil de los isleños. Los conquistadores, fieros guerreros inseparables de sus caballos, introdujeron la artesanía del hierro y de las armas. Durante su largo periplo por Europa y Oriente Medio, los celtas incorporaron a su cultura las tradiciones de los pueblos dominados.

Una sociedad refinada

Su sociedad, bastante igualitaria y bien organizada en comunidades agrarias, se caracterizó por un alto grado de refinamiento, como atestiguan los utensilios y las joyas que han llegado hasta nosotros. Estos hombres altos, de tez clara y cabello rubio, como los describieron los historiadores de la Antigüedad, bebían vino e hidromiel, poseían amplios conocimientos culinarios (elaboraban cerveza, mantequilla, miel, vinagre y pan con levadura) y mantenían relaciones comerciales con todos los pueblos de su entorno.

Una espiritualidad fecunda

Desde el punto de vista espiritual, su aportación fue inmensa. Tras la llegada de este pueblo batallador y orgulloso, los habitantes de la isla descubrieron un mundo espiritual extremadamente rico y, en particular, el culto a los héroes que inspiraría las leyendas, la cultura y la mística irlandesas. Los celtas tuvieron una relación muy especial con la naturaleza, escenario de sus santuarios y de sus ceremonias y ritos, y símbolo de sus dioses y diosas. Crearon cultos dedicados a la tierra y el cielo, al agua, a los árboles, a las montañas y a los animales... Pero, sobre todo, veneraron a los héroes legendarios, guerreros míticos, valientes e invencibles, y a las divinidades feroces y sanguinarias. Su visión de la muerte, considerada un tránsito hasta un mundo paralelo al mundo concreto, explica su gran valor en los combates.

El poder de los druidas

Los druidas, que eran la élite intelectual, actuaban como jueces y maestros espirituales tras un período de formación que duraba casi veinte años. En su faceta de eruditos y poetas eran transmisores de una cultura estrictamente oral; además organizaban las ceremonias y ritos funerarios y actuaban como intermediarios entre el pueblo y las fuerzas de la naturaleza. Su influencia llegó a ser tan grande que su recuerdo permaneció vivo incluso después de la evangelización de la isla, a partir del s. IV. De aquellos tiempos se conservan la organización de la sociedad en pequeñas comunidades de carácter familiar, la importancia de las mujeres, las leyes y el arte, y la afición a las leyendas y la poesía.

Los vikingos y los anglonormandos­

En la Edad Media la isla recibió una nueva oleada de invasores, los vikingos, procedentes de Dinamarca, que se sedentarizaron rápidamente y se integraron fácilmente en la sociedad celta.

Por el contrario, la llegada de los normandos fue un hecho de gran importancia histórica porque marcó el principio de la colonización. A través de su reino inglés importaron la influencia continental de los franceses –de hecho el francés fue el idioma oficial de Irlanda hasta 1350–. Los normandos, que también eran católicos, obligaron a los monjes de la isla a sustituir la regla irlandesa, impregnada de paganismo y ritos antiguos, por la regla romana. A pesar de las luchas entre clanes y las rivalidades de poder, se integraron tanto en la población que los ingleses empezaron a ver con malos ojos sus buenas relaciones con los irlandeses.

Las cosas se enveneraron definitivamente cuando la Iglesia de Inglaterra se separó de la Iglesia romana en el s. XVI. El antagonismo entre irlandeses y normandos dejó paso al enfrentamiento entre católicos y seguidores de la nueva religión protestante. Los protestantes apoyaban la causa del rey de Inglaterra, mientras que bajo el estandarte católico se reunieron los que permanecían fieles a su fe, tanto celtas como normandos. Enseguida comenzó una violenta represión. Los ingleses decidieron colonizar las tierras por la fuerza y entregársela a los colonos, protestantes fieles a la Corona, llegados de Escocia o antiguos militares recompensados con inmensas fincas. Esta segunda oleada de inmigración inglesa, que fue mucho peor aceptada que la primera, creó una sociedad dividida en dos: la de los protestantes enriquecidos directamente por el rey de Inglaterra, y la de los católicos desposeídos de sus bienes que perdieron paulatinamente todas sus responsabilidades en el seno de la sociedad.

Los hugonotes franceses y los españoles

Simultáneamente, numerosos hugonotes franceses, expulsados de su país por la represión católica, se instalaron en el sur de Irlanda y aportaron nuevas influencias y la práctica del comercio a gran escala. Los españoles, católicos, aliados naturales de los resistentes irlandeses, también dejaron huellas de su paso. Según la tradición, los irlandeses de pelo oscuro y rizado, piel morena y ojos negros, que abundan en las costas meridionales y occidentales de la isla, son descendientes de aquellos emigrantes ibéricos.


Los caminos del exilio

Actualmente hay más irlandeses de origen fuera de su país que viviendo en la isla. Durante los ss. XIX y XX los principales países de emigración fueron Inglaterra, Estados Unidos y, en menor medida, Australia.

Irlandeses en el extranjero...

La diáspora irlandesa se distingue de las demás por el vigor de su cultura y sus tradiciones. Para comprobarlo basta con asistir a cualquiera de los desfiles de San Patricio que se celebran en las grandes ciudades norteamericanas. De hecho, todos estos irlandeses experimentan una extraña nostalgia que se manifiesta en los múltiples centros de genealogía que abundan en todos los pueblos y ciudades de la isla. La búsqueda de las raíces familiares, que no siempre es fácil, es hoy una auténtica industria a la que recurren cada año miles de norteamericanos deseosos de conocer su historia. Muchas canciones tradicionales, populares al otro lado del Atlántico, fueron compuestas por irlandeses exiliados que añoraban su país. Los emigrantes más recientes no tienen esos problemas, ya que, cuando se jubilan o cuando han hecho fortuna, regresan en general a su país y contribuyen a incrementar la creciente diversidad del carácter irlandés.

Regreso al país

Finalmente, la última generación, la de los jóvenes que se marcharon para estudiar o trabajar en el extranjero en los difíciles años de la crisis, está hoy en el punto de mira del gobierno irlandés, que quiere que regresen y participen en el desarrollo del país. La floreciente situación del mercado de trabajo favorece su incorporación al reciente boom tecnológico. La excelente salud económica del país se refleja en la presencia de numerosas empresas extranjeras, norteamericanas, francesas y alemanas con sus correspondientes directivos. Así, poco a poco, Dublín se ha convertido en una capital animada y cosmopolita.

... y extranjeros en Irlanda

Desde el punto de vista racial, Irlanda es un país muy homogéneo, puesto que, a lo largo de la historia, la inmigración se redujo a colonos ingleses, galeses o escoceses que provocaron una segregación religiosa y nacionalista de infausto recuerdo.

Como consecuencia de una política de inmigración muy estricta, los escasos inmigrantes no europeos están bastante mal vistos. Si no son ciudadanos de los países miembro de la Unión Europea, los candidatos tienen que demostrar que no hay ningún irlandés o europeo que reúna las condiciones adecuadas para desempeñar el puesto al que aspiran. Algunos negros, norteafricanos y asiáticos ocupan puestos subalternos o trabajan en el sector de la hostelería. De India, Pakistán y, más recientemente, de los antiguos países del Este (Rumania, Bosnia y Kosovo) procede el contingente de inmigrantes legales, aunque cada vez hay más clandestinos que aprovechan la creciente demanda de mano de obra por parte de hoteles y restaurantes. Desde 2004, la apertura del mercado de trabajo a los ciudadanos de los diez nuevos Estados miembro ha creado un importante movimiento migratorio, sobre todo entre los polacos. En 2007, el 11% de la población activa era de origen extranjero.

En toda la isla hay entre 20.000 y 25.000 buhoneros, los llamados tinkers o chatarreros, porque la mayoría eran vendedores de calderos y cacerolas o se dedicaban a su arreglo y artículos de hierro, afiladores o traperos.


Carácter latino

A los irlandeses se les suele llamar latinos del norte por su carácter abierto y apasionado, su misticismo mezclado con un fatalismo muy mediterráneo, su afición al drama y su indudable machismo. Su sorprendente carácter se achaca a su ascendencia celta y sensible, a sus pasiones exacerbadas por un doloroso pasado y a la profunda influencia de la Iglesia católica.

La afición al drama

El encanto irresistible de Irlanda reside en la infinita amabilidad de sus gentes, en su carácter cordial, sencillo y bromista que, de repente, se impregna de un lirismo y una emoción que sueltan la lengua tras unas cuantas pintas de cerveza. No intente encontrar en Irlanda algún vestigio de razonamiento cartesiano porque aquí no hay lógica ni constancia, sólo fantasía y sentimientos a flor de piel. Una insaciable curiosidad por los demás, casi en el límite del pudor, un sentimiento trágico que exacerba cualquier acontecimiento, una fuerte inclinación a la instrospección que no acaba nunca de exorcizar los demonios del pasado.

Con cierto distanciamiento

Desde hace unos años Irlanda está experimentando profundos cambios que han puesto en tela de juicio los valores políticos y sobre todo la actuación de la Iglesia. Cada día se plantean grandes debates mediáticos en los que se discute sobre el inmenso poder ejercido por el clero en la vida pública y privada y que terminan con la crucifixión de monjas y curas, políticos y empresarios, hipocresias, venalidad y silencios culpables. No hay semana en la que no se desvelen nuevos escándalos que todo el mundo analiza, comenta y juzga. La prensa, tanto la escrita como la audiovisual, es un entusiasta portavoz de este nuevo deporte nacional que alimenta las conversaciones.

Palabras, palabras y más palabras

El gran denominador común de los irlandeses es la conversación. En Irlanda se habla permanentemente. Para reír y para bromear con un sentido del humor muy especial, para arreglar el mundo y la literatura, para comentar los últimos escándalos, para lamentar permanentemente los dramas de la actualidad, para conocerse... Por eso, si quiere integrarse rápidamente, aproveche cualquier ocasión que se le presente para charlar y charlar.

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