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El cine italiano echó a volar a principios del s. XX en Turín. La fama de las películas mudas salidas de sus estudios pronto traspasó las fronteras de Italia. La edad de oro del cine mudo italiano terminó en 1923. Hasta la Segunda Guerra Mundial, la industria cinematográfica se contentó con recrear una visión tranquilizadora y optimista del país; fue la época llamada de los “teléfonos blancos”, el accesorio de atrezo indispensable en todas las comedias ligeras.


1945-1948: el neorrealismo

Al terminar la guerra, los cineastas tuvieron que hacer frente a la miseria y no vieron otra manera de denunciarla que inventando un nuevo discurso. Así nació el neorrealismo, con la ambición de “reencontrar las coordenadas de una verdadera humanidad colocada ante un escenario descarnado”, en un momento (1944) en que los estudios de Cinecittà eran utilizados como campo de re­­fugiados. Con Roma, ciudad abierta (1945), Roberto Rossellini creó una de las primeras obras neorrealistas. La rodó en las calles de una Roma aún ocupada, comprando cada día la película que le hacía falta. Explicaba la lucha a muerte entre los resistentes y la Gestapo, con la vida cotidiana como trasfondo. Vittorio De Sica obtuvo dos veces el Oscar al mejor filme extranjero con El limpiabotas (1946) y Ladrón de bicicletas (1948). El milanés Luchino Visconti, rechazó las premisas del movimiento al rodar en 1943 Obsesión en localizaciones naturales, antes de llegar al final del ejercicio cinco años después con La tierra tiembla, con pescadores italianos en el papel de sí mismos, con diálogos escritos por ellos en su dialecto. En la estela de los maestros siguieron los lombardos Alberto Lattuada (Nuestra guerra, 1945) y Luigi Comencini (Prohibido robar, 1948) y el genovés Pietro Germi (El camino de la esperanza, 1950). El meridional Giuseppe De Santis rodó en el Piamonte, concretamente en los arrozales de Vercelli, Arroz amargo (1949), donde mezcla con habilidad una historia de amor con la lucha de clases. Aunque el neorrealismo fue recibido con entusiasmo por la crítica, no acabó de convencer al público, con la excepción de algunas películas como Arroz amargo o Ladrón de bicicletas. En cambio, un cine popular a base de comedias bufas, donde el napolitano Totó se erigió como el rey, funcionó muy bien en las salas, al igual que la filmografía estadounidense que inundó Italia.


1948-1957: el baile de la duda

Considerado antipatriótico y empobrecedor, las autoridades pusieron todo tipo de trabas al movimiento, en lo que fueron secundados por el Vaticano, que prohibió sus filmes. Era una época en la que Holly-wood rodaba superproducciones en Cinecittà (Quo Vadis, 1950, Ben Hur, 1957), de comedias ligeras, melodramas y películas de actores caracterizados. La fusión de Commedia dell’arte y neorrealismo dio como fruto el “neorrealismo rosa”, representado por Pan, amor y fantasía (1953) de Comencini, con Gina Lollobrigida, o El signo de Venus (1953) del milanés Dino Risi, con Sophia Loren.

Entraron en escena dos cineastas originarios de Emilia-Romaña, que ya no iban a abandonarla: Michelangelo Antonioni (Crónica de un amor, 1950, El grito, 1957) y Federico Fellini (Los inútiles, 1953, La Strada, 1954), antiguos guionistas de Rossellini, propusieron un universo personal, en ruptura con el neorrealismo, prefigurando una segunda ola del gran cine italiano. Con Senso (1954), Visconti se aleja de sus primeras obras.


1958-1968: el apogeo

La bonanza económica cavó una fosa aún más grande entre el campo y la ciudad, entre sur y norte. La rápida mutación de la soledad estimuló la creatividad de los cineastas, que indagaron en las trastiendas del milagro. Reaparece Visconti (Rocco y sus hermanos, 1960), Fellini (Las noches de Cabiria, 1957) y se descubre al bergamesco Ermanno Olmi (El empleo, 1961), y al parmesano Bernardo Bertolucci (La madrina seca, 1962). Pier Paolo Pasolini, quien no había terminado de escandalizar, pintó el violento día a día de golfos, gamberros y prostitutas (Accattone, 1961). Francesco Rosi rodó sus primeras películas políticas (Las manos sobre la ciudad, 1963).

La comedia italiana se hace más corrosiva que nunca con el ex neorrealista Germi (Divorcio a la italiana, Seducida y abandonada, Señoras y señores), Dino Risi (El fanfarrón) y Comencini (La Gran Guerra). Asoma su presencia el milanés Marco Ferreri con El marido de la mujer barbuda y Dillinger ha muerto. El péplum cede el paso al western, rejuvenecido inesperadamente por Bob Robertson, alias Sergio Leone.


El cine de nuestros días

Cuando en la década de 1970 Italia se sumió en sus Años de plomo, su deslumbrante cine perdió colores y espectadores. La producción se hundió ante la indiferencia de los poderes públicos. En 1978, con El árbol de los zapatos, un fresco campestre ambientado en el Véneto del s. XX, Ermanno Olmi consiguió la enésima Palma de Oro para el cine italiano, pero los ánimos ya se habían esfumado. Bertolucci (Último tango en París, El último emperador) y Antonioni ruedan en el extranjero.

La calma vino del Alto Adigio con Nanni Moretti, quien realizó un retrato social y político de la sociedad italiana de la década de 1980 (Terminó la misa, Palombella rossa). Sorprendentemente, el Festival de Cannes de 2002 le consagra con un filme psicológico, La habitación del hijo (la última Palma de Oro para Italia se remontaba a 1978). Justo antes de las elecciones legislativas de 2006, Moretti rodó El caimán, un filme donde atacó duramente a Silvio Berlusconi. En 2003, el milanés Marco Tullio Giordana obtuvo un éxito considerable con La Mejor Juventud, un maravilloso fresco de seis horas pensado para la televisión que cuenta la historia de una familia italiana desde finales de la década de 1960 hasta la actualidad. Actor cómico y realizador, Roberto Benigni conoció el éxito internacional con La vida es bella (1998).

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