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Pueblos de México
Pueblos de México
Nueve meses después de la llegada de los conquistadores nacía el primer mestizo, hijo de Cortés y la Malinche, su compañera e intérprete india. La relación que tienen los mexicanos con sus orígenes es compleja. A pesar de las cifras, la sociedad mexicana es más una sociedad multiétnica que mestiza.
El mosaico mexicano
De los 105 millones de habitantes que tiene el país, se han censado un 65% de mestizos, que son mayoritariamente cruce de español e indio, aunque en la región de Veracruz nos encontramos con un mestizaje marginal indio-africano. Los criollos (blancos de sangre española) representan el 10% de la población, y los indígenas (indios) alrededor de un 25%. México es un país joven, ya que el 40% de la población tiene menos de 20 años, pero la tasa de fecundidad disminuye progresivamente (2,3 niños por mujer), aunque todavía no llega a las cifras de los países occidentales. Como consecuencia de la mejora del nivel de vida, la esperanza de vida ha aumentado (74 años). El 75% de la población se concentra en las ciudades y, desde hace unos veinte años, se produce un fuerte éxodo rural que vacía los campos y abre un abismo considerable entre la ciudad criolla y el campo indio.
Un nombre para cada grupo
Para orientarse en el complejo mosaico social y étnico, los mexicanos se han visto obligados a etiquetar a los grupos humanos que lo integran, poniéndoles nombres, a veces familiares, a veces peyorativos, relacionados con su origen y desplazamiento. El bracero es el obrero agrícola que trabaja manualmente en las grandes plantaciones. El naco designa al indio que ha emigrado a la ciudad, los indios son los indígenas que se han quedado en las tierras a las que les une el culto a sus antepasados. A los españoles que viven en México se les llama gachupines, mientras que los criollos son los mexicanos de pura sangre española. A los norteamericanos se les da el apodo de gringos, que, por extensión, también se les atribuye a todos los europeos e incluso a los extranjeros en el ámbito rural. El mojado entra a Estados Unidos de manera ilegal cruzando el río Bravo, y a los mestizos se les llama ladinos en tierras indias.
El mundo indio
México cuenta con la mayor población india de toda América latina, unos 10 millones de personas, pero representan un grupo muy minoritario y marginal (10% de la población). Las estadísticas varían enormemente según los criterios utilizados. Las cifras oficiales, que se basan únicamente en el uso del idioma, subestiman sin duda el número real de las poblaciones autóctonas. Pero, en un país en el que el indio ocupa el escalón más bajo de la escala social, la influencia de esta población en la vida política, económica o social continúa siendo muy débil.
El modo de vida
Las etnias presentan diferencias muy marcadas en función de su hábitat, más o menos hospitalario o codiciado, su historia, la resistencia que opusieron a la Conquista y su mayor o menor integración en la comunidad mexicana. Algunas de ellas resistieron durante mucho tiempo la colonización y las influencias extranjeras, conservando de este modo sus tradiciones y su forma de vida.
Una organización comunitaria
Los indios viven en comunidades, zonas bastante amplias, que tienen el nombre de un santo patrón. Un fuerte sentimiento de identidad une a los miembros de una comunidad en torno a elementos fundamentales de su cultura: el traje tradicional y la lengua vernácula. La organización del pueblo está muy jerarquizada. Los jefes y los jueces, elegidos todos los años, son las autoridades administrativas que se ocupan de la gestión, la justicia y la organización de las festividades. Los ancianos tienen un papel consultivo. La autoridad religiosa está personificada por el chamán, referencia esencial de la vida social y sobre el que se apoyan los sacerdotes católicos. La gran mayoría de los indios ha adoptado un sincretismo religioso en el que cohabitan el catolicismo y los ritos ancestrales. Pero ante todo y más allá de sus tradiciones, es un modo de vida en el que la comunidad, que distingue entre indios y mestizos, se ocupa de la persona. La noción de beneficio individual no aparece en la cultura india, sino que solamente se tiene en cuenta el interés del grupo. Incluso más allá de la muerte, el indio pertenece a su comunidad, que se ocupa de las necesidades de todos.
Los medios de subsistencia
Los indios viven principalmente de una agricultura tradicional –maíz, pimientos, frijoles, tabaco, caña de azúcar– y de la ganadería, que se desarrollan en unas minúsculas parcelas, llamadas milpas. Algunas tribus practican también la pesca y la caza. En la actualidad, recurren a la artesanía, que se ha convertido en la principal fuente de ingresos de numerosas tribus que venden sus productos en los tianguis. La confección de los trajes tradicionales es otra actividad importante, y las mujeres se ocupan del hilado, el teñido y el tejido. Los niños también participan en la vida familiar, los chicos en el campo y las chicas en las tareas domésticas.
¿Qué porvenir les espera a las comunidades indígenas?
Las condiciones de supervivencia, a menudo miserables, no auguran un futuro favorable para las tribus indias, sobre todo para las más reducidas, aunque constituyan una parte importante del folclore nacional. No se libran del éxodo rural generalizado, y la migración a las grandes ciudades supone el abandono del traje tradicional y el necesario dominio del español. Hay un conflicto permanente entre la atracción por el mundo moderno y el deseo de preservar las tradiciones. Tener en cuenta el carácter complejo de la nación mexicana ha llevado al Gobierno a adoptar una serie de medidas que todavía no está claro si serán suficientes para salvaguardar un patrimonio cultural y folclórico y mantener una verdadera cultura multiétnica. Por ejemplo, la preservación de las lenguas, la constitución de archivos locales, la transcripción de las tradiciones orales, el reconocimiento del derecho consuetudinario, la explotación de los recursos naturales mediante técnicas tradicionales y el fomento de las prácticas curativas con plantas medicinales son, en la actualidad, el objetivo de diversas medidas oficiales.
Encuentros con algunas etnias
Los tzotziles y los tzeltales
Tierras altas y valles de Chiapas
Provenientes de la misma rama del grupo maya, los tzeltales (aprox. 350.000) y los tzotziles (aprox. 300.000) de Chiapas han sabido preservar su modo de vida guardando las distancias con los mexicanos. Los tzeltales habitan generalmente en los valles, mientras que los tzotziles viven en las tierras altas, donde se consagran al cultivo del maíz y a la artesanía (tejidos, bordados y sombreros). San Juan Chamula, a varios kilómetros de San Cristóbal de Las Casas, es el centro de la comunidad de los chamulas, que hablan tzotzil. Aunque la iglesia y el mercado semanal constituyen una visita muy apreciada por los turistas no conviene olvidar el drama de este pueblo. En Chiapas, la irrupción del cristianismo evangélico combinada con los años de represión del movimiento zapatista rompió el equilibrio de la comunidad y degeneró en una “guerra de religión”. Miles de evangelistas expulsados de sus tierras viven hoy en refugios improvisados a las afueras de San Cristóbal de Las Casas. Los tzotziles y los tzeltales son, junto con los choles y los tojolabales, los principales protagonistas de la revuelta zapatista.
Los lacandones
Selva de Chiapas
Los 400 últimos representantes de esta etnia viven ocultos en la frontera de Guatemala, en el corazón de una selva que cubre unos 5.000 km2, una extensión tres veces menor que en los años cincuenta. Los Hach Winik, “verdaderos hombres”, visten largas túnicas blancas –que, en la actualidad, algunos han cambiado por vaqueros–, su rostro está enmarcado por largos cabellos y un flequillo y viven en pequeños grupos que no pasan de las 15 personas. Cazan, cultivan algodón, tabaco y maíz y practican la técnica agrícola de tala y quema, lo que les obliga a desplazarse. El carribal comunitario (grupo de cabañas de madera muy elementales) se abandona cuando la tierra que se había ganado a la selva se agota. Los lacandones, que fueron considerados durante mucho tiempo los descendientes directos de los antiguos mayas de Palenque, Yaxchilán y Bonampak, son descendientes de las comunidades de Guatemala y Campeche que encontraron refugio en la selva cuando huían de los conquistadores. Durante varios siglos evitaron cualquier contacto con el mundo exterior, manteniendo intacta su cultura. En los años cincuenta, la deforestación masiva y la colonización de la región por parte de los campesinos sin tierras modificaron sus condiciones de vida. En los años setenta, el Gobierno reagrupó a los lacandones en tres comunidades, entre las que se encuentra la de Lacanjá, cerca de Bonampak. La llegada de las sectas evangélicas y la aparición del automóvil y la televisión cambiaron de manera drástica su vida cotidiana. Con la muerte de los ancianos, las tradiciones han ido desapareciendo, y unos serios problemas de consanguinidad amenazan la supervivencia de esta frágil población. La fundación Na Bolom ha puesto en marcha estructuras para apoyarles e intenta que las comunidades se abran al turismo.
Los totonacas
Costa del golfo de México
Esta etnia, que cuenta con una población estimada en 150.000 individuos, ocupa la región costera de Veracruz y las tierras altas de la región de Puebla y está amenazada por los que codician sus tierras, ricas en petróleo y propicias para la ganadería intensiva. La colaboración de los totonacas con los españoles, a los que sirvieron como porteadores, les permitió disfrutar de autonomía y protección. La comunidad, que acepta modernizar su modo de vida, sobrevive de cultivos hortícolas, y muchos de sus miembros trabajan en las grandes explotaciones agrícolas de la región. Mezclan catolicismo y ritos ancestrales, y la espectacular danza de los voladores forma parte ya del patrimonio folclórico mexicano.
Los tarascos o purépechas
Michoacán
Esta etnia de hábiles artesanos (cerámica, máscaras, cobre, sombreros, esteras, muebles...), campesinos y pescadores, cuya población se estima en unos 80.000 individuos, vive en los pueblos del lago de Pátzcuaro y en las montañas de Michoacán. Tras rechazar a los aztecas en varias ocasiones, habían conseguido permanecer independientes hasta que fueron diezmados por los colonizadores y se dispersaron por las montañas. El obispo Vasco de Quiroga les ayudó a desarrollar su talento de artesanos, con el fin de liberarles del yugo español. Sus tradiciones se han mantenido durante siglos y se han convertido en una de las riquezas de la región. Son avezados comerciantes y venden su producción en los tianguis (mercados). Los rituales continúan teniendo una importante presencia, y el culto a los muertos se celebra de manera particularmente grandiosa. El Baile de los Viejitos es una danza tradicional burlona y provocativa que rememora los estragos de la edad en los blancos: los bailarines, que llevan unas máscaras que representan un viejo de tez macilenta y larga cabellera blanca, golpean fuertemente el suelo con bastones y pies.
Los huicholes
Jalisco, Nayarit, Zacatecas y Durango
Esta etnia, que no fue colonizada porque se encontraba asentada en un hábitat de difícil acceso, es una de las que mejor se conservan del país. Los aproximadamente 18.000 huicholes o wirrárikas, que se agrupan en pequeñas comunidades a lo largo de la Sierra Madre occidental, viven en casas aisladas entre sí, lo que originalmente tenía el propósito de evitar las disputas entre mujeres. La caza, la pesca y la agricultura les permiten sobrevivir a pesar de la amenaza que se cierne sobre sus tierras, que son muy codiciadas. Hoy en día venden una colorida artesanía, esculturas decoradas con chaquira (pequeñas perlas multicolores), bordados y cuadros con hilos inspirados en sus mitos y creencias.
La mujeres visten una larga falda de colores vivos. Los hombres van vestidos de blanco, con una túnica ceñida y un pantalón amplio decorado con bordados simbólicos de punto de cruz; llevan también un sombrero de palma trenzada llamado ropero con adornos de plumas y colgantes que indican su rango y edad. El morral tejido tiene en el centro un motivo de flor de peyote, la copa de oro.
Su vida, en la que todo es símbolo y magia, está marcada por numerosos ritos. El chamán, sacerdote sanador y responsable de las tradiciones, es la referencia esencial de la vida social. Sus dioses son Tatewari, el antepasado creador del fuego; Taoiaupa, el padre sol, y Kauyamari, el venado sagrado.
Los tarahumaras
Chihuahua y noroeste de Durango
Los rarámuris, “pies ligeros”, de los que existen unos 50.000, son famosos por su larga tradición de corredores. Los indios rarámuris, que fueron despojados de sus tierras por los primeros conquistadores y obligados a trabajar en las minas, se refugiaron en los cañones y en las tierras bajas de la Sierra Madre occidental, hoy conocidas con el nombre de Sierra Tarahumara. Muy apegados a sus costumbres, manifiestan siempre una voluntad de aislamiento y critican cualquier ingerencia en su modo de vida tradicional. Habitan cuevas o casas de madera, siempre visten sus coloridas ropas y viven de la agricultura y de una artesanía poco elaborada, especialmente de la talla de madera. Están muy unidos a la tierra y a la naturaleza, a los valores humanos, como la fraternidad, la honestidad y la igualdad, y se consideran hijos de Dios, a quien conceptualizan como padre y madre.
Los seris
Costa de Sonora, golfo de California
La tribu de los “hombres de la arena” es una de las más pequeñas de México y también una de las más amenazadas, ya que su población se estima en unos 400 individuos. Esta tribu de cazadores y pescadores resistió durante mucho tiempo todos los intentos de cristianización y sedentarización, conservando su carácter de nómadas hasta principios de siglo. Viven también de una artesanía centrada en la cestería y la talla de la madera.

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