MICHELIN Viajes

Inicio > > > > > Cultura Polonia

¿Dónde dormir?

Ver los 2848 Hoteles Polonia

Cultura

Aumentar el mapa

Cultura

“Si no hubiese Polonia, no habría polacos”, decía Alfred Jarry por boca de su personaje papá Ubu. Sin duda. Pero cabe preguntarse si se habría hablado de nuevo de Polonia, teniendo en cuenta que hacía 120 años que había desaparecido del mapa, desde finales del s. XVIII, si los escritores y los artistas exiliados no hubiesen orientado su obra hacia temas nacionales y símbolos patrióticos. Con la reunificación de 1918, la cultura nacionalista se disolvió en la vanguardia para expresar, posteriormente, las contradicciones de un país sumergido en medio de los tormentos más terribles de la Historia, traumatizado por la guerra y el holocausto, y posteriormente sometido al yugo soviético.


Literatura y el teatro


Una literatura inspirada

Según parece las palabras más antiguas en polaco estarían en una crónica posterior a 1270 que se encuentra en el monasterio de Henryków, en Silesia. Estas palabras insignificantes formuladas por un campesino polaco fueron recogidas en la época por un monje cisterciense alemán.

De hecho, hasta el s. XVI, la literatura en Polonia, debido a la importancia de la iglesia, se escribe en latín y estuvo reservada a una élite, tal y como atestiguan los Annales Poloniae, unas crónicas históricas del jesuita Jan Długosz (1415-1480). El primer libro en polaco se imprimió en 1513, y, aunque se suele considerar como padre de la literatura polaca al protestante Mikołaj Rej (1509-1569), la divulgación de la lengua vulgar fue posible gracias al poeta Jan Kochanowski (1532-1586). Más adelante, la lengua nacional sería verdaderamente reconocida gracias al predicador jesuita Piotr Skarga (1536-1612).

Las obras de Wacław Potocki (1621-1696) y de Samuel Twardowski (1600-1661), representante de la elegía y cuya obra tiene sus orígenes en las letras españolas, se asocian a la Contrarreforma.

El autor de las célebres Memorias, que siguen teniendo éxito, Jan Chryzostom Pasek (1636-1701), se impuso a través de sus increíbles peripecias guerreras, como un extraordinario charlatán y espadachín, que anunciaba el estilo de la novela histórica polaca.

Otro habitual de los campos de batalla, el rey Juan III Sobieski (1674-1696), legó una relación epistolar dirigida a su esposa Mariette, de origen francés, de primer orden.

Por lo general, la literatura polaca del s. XVIII se inspiró en autores franceses del s. XVII, tal y como demuestra el teatro moralista de Franciszek Bohomolec (1720-1784).

Durante el Siglo de las Luces sobresalió el “Príncipe de los Poetas” y arzobispo de Warmia, Ignacy Krasicki (1735-1801), un moralista con mucho talento, un sátiro autor de famosas fábulas.

País desmembrado...poetas exiliados

Después de las particiones del país de 1795 y de 1815 llegó la opresión zarista que impuso el absolutista Nicolás I, proporcionando al romanticismo polaco una fuente de inspiración excepcional. De la “Gran Emigración” que siguió a la insurrección reprimida de noviembre de 1830, surgieron las consciencias de tres grandes poetas. Para ellos, la literatura, un medio para desahogar el sentimiento patriótico, se convirtió en la única forma de expresión que permitía mantener a salvo la identidad nacional.

Adam Mickiewicz (1798-1855), el gran bardo nacional, es el más famoso de todos ellos. Nació en Lituania y, desde 1923, se vio obligado a exiliarse a Rusia, después a Alemania, Suiza, Italia, y por último, Francia, donde se convirtió en el jefe espiritual de los polacos emigrados. Exceptuando una fallida tentativa de regreso en 1831, nunca volvió a ver su querida patria, ni pudo pisar Varsovia o Cracovia. Idealista moral y político, dejó un gran poema épico Pan Tadeusz (El señor Tadeo) y una obra de teatro nacional fundamental dentro del repertorio dramático polaco, Los antepasados.

Juliusz Słowacki (1809-1849) es el prototipo del romántico melancólico. Su legado es una variada obra marcada por los impulsos místicos del que también se proyectó como guía espiritual, tal y como hiciera su rival declarado Mickiewicz. En respuesta a Los antepasados escribió su drama romántico sobre el tema de la insurrección, Kordian. Su poesía patriótica, cada vez más rica, derivó al final de su vida hacia un simbolismo mesiánico. Fue enterrado en el cementerio polaco de Montmorency, pero, en 1927, sus restos fueron trasladados, a la catedral de Wawel, como se hiciera con los de Mickiewicz en 1890.

Amigo del anterior, Zygmunt Krasiński (1812-1859) nació en Francia y escribió tanto en polaco como en francés. El tercero de los wieszcze (poetas épicos profetas) es el autor de un drama social, La comedia no divina, en el que evoca el levantamiento de los trabajadores de la seda de Lyon (canuts). Con esta obra se confirmó como el más universal de la generación romántica. También ha dejado una extraordinaria correspondencia.

Más experimental e innovador en la forma, el poeta y también dibujante Cyprian Kamil Norwid (1821-1883), otro exiliado en París, tardó en ser reconocido como uno de los precursores del simbolismo.

Literatura positivista

El fracaso de la insurrección de enero de 1863 desembocó en el nacimiento del período positivista, marcado por las tendencias realistas y las transformaciones sociales y políticas, y que supuso la consagración de la prosa.

La obra del prolífico Józef Ignacy Kraszewski (1812-1887), representativa de la novela histórica, muy inspirada en autores franceses, tiene un perfecto equivalente en la pintura de Matejko. Si bien el mejor representante de la novela realista es sin duda Józef Korzeniowski (1797-1863), el nombre que más suena aún hoy es el de Henryk Sienkiewicz (1846-1916). El célebre autor del best-seller Quo Vadis?, una novela que trata de la aparición del cristianismo en la Antigua Roma y que se ha traducido a más de cien lenguas, fue un gran trabajador, famoso en Polonia sobre todo gracias a su Trilogía histórica que le valió el Premio Nobel en 1905. Otro representante del positivismo es Bolesław Prus (1845-1912), conocido bajo el pseudónimo Aleksander Głowacki, firmó una de las novelas sociológicas polacas más famosas, La muñeca. En su siguiente novela, Faraón (en la que se basa la película de J. Kawalerowicz), describió los mecanismos del poder del Estado en el Antiguo Egipto. La primera escritora polaca importante fue Eliza Orzeszkowa (1841-1910), que describió, con benevolencia y en un tono populista, el mundo de las clases provincianas más humildes. Adam Asnyk (1838-1897) y Maria Konopnicka (1842-1910) figuran entre los mejores poetas de esta generación.

La Renovación de la Joven Polonia

El movimiento modernista de la Joven Polonia (Młoda Polska) surgió como una reacción contra la tendencia realista. Hoy se considera como un auténtico período de la historia nacional. Bajo esta apelación aparecida en 1898 se designa un movimiento neorromántico que considera el arte, creador de valor, como un objeto de adoración. Los creadores son los únicos artistas capaces de llevar a cabo la renovación nacional. Su llegada supuso un cambio en la sensibilidad y en el estilo que alcanzará todas las artes.

Stanisław Przybyszewski (1868-1927), amante de lo bohemio y de la literatura satánica, en constante búsqueda del “alma desnuda”, está considerado como uno de los precursores del movimiento. Tras una estancia en Berlín, donde entró en contacto con Strindberg y Munch, se instaló en Cracovia. Allí reunió las nuevas tendencias bajo el nombre de Moderna en torno a la revista Życie (La Vida). Con una personalidad independiente y original, influirá durante mucho tiempo en un buen número de artistas y escritores.

Estandarte esencial del movimiento en el terreno de la pintura, Stanisław Wyspiański (1869-1907) lo es también en el género dramático, gracias a su célebre obra Las bodas, una parábola tragicómica sobre el destino de Polonia, que supuso la renovación del teatro y revolucionó la puesta en escena.

Entre los principales novelistas destacan Wacłav Berent (1873-1940) y Stefan Żeromski (1864-1925), calificado como la “conciencia de la literatura polaca”. Sin embargo, quien más destacó fue Władysław Reymont (1867-1925), cuya gigantesca novela épica en cuatro volúmenes titulada Los campesinos, que puede considerarse como una epopeya nacional, logró el Premio Nobel de literatura en 1924.

Los “Tres Mosqueteros”: Gombrowicz, Schulz y Witkacy

Durante el período de entreguerras aparecieron en la escena literaria tres figuras excepcionales, justamente reconocidas. En un país ajeno al ideal patriótico de una nación por constituir, su búsqueda intelectual tomó nuevas vías. Estos tres marginales, que el propio Gombrowicz bautizó como los “Tres Mosqueteros”, fueron, cada uno a su manera, los artífices de la vanguardia literaria polaca.

Una figura fascinante de la literatura moderna, Stanisław Ignacy Witkiewicz conocido como Witkacy (1885-1939), es ante todo un artista polivalente. Este individualista incorregible asentado en Zakopane es hijo de un interesante pintor, crítico y teórico del arte. Él es el responsable de una teoría del arte dominada por la obsesión metafísica de la “forma pura”. Su paródico teatro (difícil de traducir e incomprensible para muchos) traduce la búsqueda de una teatralidad pura. Esto lo convirtió en uno de los precursores del teatro del absurdo de los años cincuenta. Su teoría del “catastrofismo”, esa ansiedad por el futuro de nuestra civilización europea y que profetizaba la pérdida del individuo, lo condujo al suicidio en septiembre de 1939 durante la invasión nazi de Polonia.

El escritor (y dibujante) judío de lengua polaca Bruno Schulz (1892-1942) ha sido reconocido con el paso del tiempo. La exuberancia verbal y la sensibilidad cargada de sensualidad de este autor nacido en Galitzia (actual Ucrania) no tienen equivalente. Su particular obra está compuesta por dos libros de relatos breves, Las tiendas de color canela y Sanatorio bajo la Clepsidra, en los que evoca su infancia en un estilo metafórico enigmático. Su final fue trágico: un oficial de las SS le pegó un tiro en la cabeza en plena calle.

Witold Gombrowicz (1904-1969) abandonó definitivamente Polonia en 1939 huyendo de las vicisitudes históricas para instalarse, primero en Argentina, y después en Francia. Su obra corrosiva y profundamente pesimista está marcada por su atrevida ópera prima, la novela Ferdydurke, en la que describe a un hombre que es pura apariencia, falso, atrapado en el conflicto entre la madurez y la inmadurez y condenado “a no ser nunca él mismo”. Su otra famosa novela, Pornografía, que tiene el erotismo por base, traduce el gusto paradójico inmaduro que muestra la humanidad por la imperfección y la juventud.

Literatura y años de plomo

Cuando llegó la catástrofe planetaria que tantos intelectuales habían intuido, durante la ocupación y el exterminio de los judíos, el país se quedó sin su clase intelectual. Sin embargo, de este caos nacieron los versos, de una madurez sorprendente, del joven poeta Krzysztof Kamil Baczyński (1921-1944) que murió en combate durante el levantamiento de Varsovia.

En la posguerra más inmediata, los escritores sometidos al nuevo régimen pusieron su odio al nazismo al servicio de los nuevos mandatarios. La obsesión por la guerra y la denuncia de la barbarie fueron los temas principales tanto de la literatura como de las demás artes. La política cultural se vio restringida bajo la influencia del estalinismo, y el compromiso de ciertos escritores (Władysław Broniewski), con la excusa de contribuir en la reconstrucción del país, fue total. Frente a tal dilema, Tadeusz Borowski se suicidó en 1951 y Czesław Miłosz huyó antes de analizar el proceso de paranoia colectiva que acechaba por entonces a los intelectuales en El pensamiento cautivo. El Instituto de Literatura de París editó diversos textos importantes firmados por varios escritores exiliados y reunidos en torno a la revista Kultura, bajo la dirección de Jerzy Giedroyć, uno de los principales intelectuales de la emigración polaca. No obstante, dentro del bloque comunista, los escritores polacos fueron de los primeros en oponerse al conformismo ideológico y en romper con el dogma del realismo socialista. Tal es el caso de dos novelas de León Kruczkowski: La revancha y Los alemanes.

Uno de los primeros en desmarcarse del poder comunista a través del tema de la guerra fue Jerzy Andrzejewski (1909-1983). No tan contestatario, Jarosław Iwaszkiewicz (1894-1980) ha dejado una obra abundante y variada. El escritor y cineasta Tadeusz Konwicki (1926) estuvo en un primer momento próximo al poder, pero a través de sus novelas fue manifestando su progresivo alejamiento. Antes de establecerse en París, en 1972, Adolf Rudnicki (1912-1990) fue testigo de la tragedia que vivió la comunidad judía de Polonia.

¿Una escuela polaca de poesía?

El poeta y ensayista Czesław Miłosz (1911-2004), premio Nobel de literatura en 1980, es una de las figuras principales de la literatura polaca de la posguerra. Su larga carrera literaria comenzó antes de exiliarse a Francia y posteriormente a Estados Unidos. Es conocido sobre todo por su historia de la literatura polaca. La poetisa nacida en Cracovia Wisława Szymborska (1923) también recibió el Nobel de literatura en 1996. Su estilo es lapidario y depurado. Otros poetas importantes son Tadeusz Różewicz (1921) y Zbigniew Herbert (1924-1998) y su Señor Cogito, el doble polaco del Señor Teste de P. Valéry. El dramaturgo y novelista Sławomir Mrożek (1930), que emigró a Francia en 1963, se distingue por el estilo solemne de sus relatos satíricos y burlescos, por sus obras cómicas marcadas por el teatro del absurdo. Dentro del género de la ciencia ficción hay que citar a Stanisław Lem (1921-2006), el autor polaco más traducido. Su novela Solaris (1961) ha sido llevada al cine por Andrei Tarkowski y, posteriormente, por Steven Soderbergh. Más recientemente, la crítica internacional se ha hecho eco de dos jóvenes periodistas y reporteros, Hanna Krall y Ryszard Kapuściński, autor del libro Ébano, con África como escenario.

El teatro polaco

El teatro es un arte vivo en Polonia. Tradicionalmente ha estado marcado por el Teatro Nacional de Varsovia, más experimental, y por el Viejo Teatro de Cracovia, más conservador.

El término teatro puede quedarse corto para designar el trabajo del artista independiente y siempre vanguardista Tadeusz Kantor (1915-1990). En 1955 fundó en Cracovia el teatro Cricot 2, nombre de un café literario de antes de la guerra en el que se daban cita sobre todo pintores. Aquí confirmó su propia visión del mundo, lejos de las ideologías impuestas, a través de un teatro informal, de un radicalismo brutal, que pretendía destruir cualquier forma. En 1963 impuso su “teatro cero” que traducía un desfase total entre el texto y la dramaturgia. A partir de su espectáculo La clase muerta, de 1975, desarrolló su “teatro de la muerte”. La anécdota, la intriga y la acción se reducen a cero: no hay ni representación, ni ilustración de la obra, ni expresión de los actores (que quedan neutralizados). Kantor, siempre en escena como un director de orquesta, aparece rodeado de objetos, máquinas, envoltorios y maniquíes.

Otra figura teatral importante, Jerzy Grotowski (1933-1999), desarrolló en su Teatro-Laboratorio de Wrocław, que continúa la estela del Centro de Investigación Teatral Gar­dzie­ni­ce de Włodzimierz Staniewski, su “ecología del teatro”.

Wojtek Pszoniak, Jerzy Radziwiłłowicz, Jerzy Stuhr y Andrzej Seweryn son los actores polacos más conocidos por todo el mundo.


Cine

Los pioneros polacos del cinematógrafo

La primera sesión cinematográfica polaca tuvo lugar el 14 de noviembre de 1895, en Cracovia. Hubo que esperar hasta 1908 para que un cineasta francés de la firma Pathé Frère, Joseph-Louis Mundviller, oculto bajo el pseudónimo Jerzy Meyer, rodara la primera película de ficción polaca: Antoine, por primera vez en Varsovia. No obstante, a partir de 1894, Kazimierz Prószyński experimentaba con un aparato de toma de vistas llamado pleógrafo, y en 1898, Bolesław Matuszewski redactó los primeros escritos teóricos polacos sobre cine en su folleto Una nueva fuente para la historia. El cine se hizo popular rápidamente y vivió un desarrollo importante hasta la independencia del país, en 1918. En este tiempo se produjeron cerca de 30 películas al año, entre otras, destacan las de Aleksander Hertz, que impulsó el cine nacional. La década siguiente estuvo marcada por el comienzo de la carrera de uno de los primeros grandes realizadores académicos polacos, Aleksander Ford, y por el descenso de la industria en favor de la producción extranjera (a los polacos les gustan especialmente las películas y los actores franceses). Esto antes de quedar mermada por el gran conflicto mundial que supuso la dispersión de numerosos actores y técnicos que abandonaron el país.

Del cine de estado a la emancipación

Después de la guerra hubo tres películas que contribuyeron a renovar el cine que por entonces estaba estatalizado. En 1947, Canciones prohibidas de Léonard Buczkowski (uno de los mayores éxitos teatrales polacos), después, en 1948, La verdad no conoce fronteras de Alesander Ford y Última parada de Wanda Jakubowska, que daban fe, sin tapujos, de la guerra y de sus consecuencias, justo antes de la brutal estalinización del período entre 1949 y 1953, y la generalización de un cine claramente propagandístico. A mediados de los años cincuenta, una nueva generación de cineastas, en su mayoría procedentes de la escuela de cine de Łódź creada en 1948, cuestionaron la tendencia realista que había desembocado en un impasse artístico. Estos autores lograron, no sin dificultad, esquivar las exigencias ideológicas, aunque el poder comunista tuvo una difícil recuperación política. El éxito que obtuvieron las películas de Andrzej Wajda, Kanał de 1957, y después, en 1961, Madre Juana de los Ángeles de Jerzy Kawalerowicz (1922), ambas galardonadas con el Premio Especial del Jurado de Cannes, revelaron la existencia de esta original Nouvelle Vague polaca que algunos vieron como un antecedente de otras nouvelles vagues europeas.

Una “Escuela Polaca de Cine”

La figura emblemática de esta nowa fala, Jerzy Skolimowski (1936), firmó primero películas más personales como Signes particuliers, néant (1964), Walk-over (1965) o La Barrière (1966). Después, atacado por la censura, su carrera internacional resultó más caótica, y a veces menos convincente, aun así destacan Zona profunda (1970) y El grito (1978).

Uno de los directores con más talento, Andrzej Munk (1921-1961), firmó con Eroica en 1957 y Una suerte perra en 1960 dos películas con una corta carrera, dentro de una colección de cuatro, marcadas por el escepticismo y, sobre todo, por la ironía. Sus personajes se ven enfrascados, a su pesar, en los acontecimientos históricos.

Comenzó siendo uno de los maestros del cine de animación, pero Walerian Borowczyk (1923) fue el primer cineasta que, en 1959, se exilió a Francia (otros seguirían después su ejemplo). Allí se especializó en el género erótico y firmó desde la ambiciosa Cuentos inmorales hasta la más comercial y lamentable Emmanuelle 5.

Andrzej Wajda (1926) marcó un hito en los años sesenta a través de la desfiguración de los estilos y de temáticas dudosas. En 1977 regresó con fuerza gracias a películas de temas políticos, como El hombre de mármol, y, en 1981, El hombre de hierro, que obtuvo la Palma de Oro en Cannes. Al año siguiente rodó en Francia un memorable Danton con Gérard Depardieu y Wojtek Pszoniak como protagonistas. Su gran filmografía abarca más de 30 películas (está preparando una sobre Katyń) y está considerado como el padre del cine polaco. Hoy acumula numerosos reconocimientos. Ganó un óscar por toda su obra; la República Francesa lo nombró miembro del Instituto, e incluso llegó a tener responsabilidades políticas en el Gobierno de Lech Wałęsa.

Otras figuras destacadas son Wojciech Has (1925-2000), autor de Los adioses (1958), Clepsidra (1972), y Kazimierz Kutz (1929), con Nadie me llama (1960), y al año siguiente Pánico en el tren (1961).

El “cine de la inquietud moral”

Miembro de una generación ansiosa por liberarse de los temas del traumatismo de la guerra, o al menos, a no tratarlos tan directamente, Krzysztof Zanussi (1939), que rodó su primera película, La estructura del cristal, en 1969, se impuso como el jefe de filas de una nueva corriente que destaca por la crítica social a un sistema político basado en la corrupción. Este cineasta siguió rodando películas en la misma línea estilística que fue calificada como “la inquietud moral”. A menudo tachado de intelectual, Zanussi aborda la cuestión de la fe en su último largometraje, La vida como una enfermedad mortal de trasmisión sexual (2000).

El exilio dejó a la cinematografía polaca sin sus principales protagonistas; a mediados de los años ochenta, el cine era casi inexistente en Polonia, dando muestras de una inquietante agonía, pero Krzysztof Kieślowski (1941-1996) volvió a darle un nuevo impulso creador. Esto se puede apreciar en el ciclo de El Decálogo (1988-1989), una notable serie de diez largos de una hora aproximadamente, producida para la televisión y que muestra una aplicación moderna de los diez mandamientos. Sus últimas películas son: La doble vida de Verónica (1991) y la trilogía Tres colores, Azul, Blanco y Rojo (1993-1994). Algunas coproducciones francesas han tenido un éxito considerable, sobre todo gracias a la participación de actrices como Irène Jacob, Julie Delpy o Juliette Binoche.

Hoy, Filip Bajon (1947) con Aria pour un athlète (1979), Agnieszka Holland (1948) con Provincial actors (1979) y Europa, Europa (1990), Wojciech Marczewski con Évasion du cinéma Liberté (1990) y más recientemente Krzysztof Krauze (1953) y Robert Gliński (1952) comparten y prolongan este mismo filón creativo.

Andrzej Żuławski (1940), un cineasta difícil de clasificar, sólo ha rodado dos películas en Polonia, Troisième partie de la nuit en 1970, y dos años después, El diablo, que fue censurada. Más adelante firmó en Francia películas atormentadas, histéricas para algunos, que no suelen gustar a la crítica y que el público casi nunca entiende. Su último largo, Szamanka, rodado en Polonia, en 1996, no ha supuesto cambio alguno.

El cine de la libertad recuperada...

La propia naturaleza de la producción cambió con la caída del comunismo y el paso a la economía de mercado. La mayoría de los cineastas se ven obligados a buscar financiación en el extranjero. No obstante, el Estado sigue invirtiendo en algunos proyectos prestigiosos, por ejemplo, en la coproducción americano-polaca La lista de Schindler (1993) de Steven Spielberg, rodada en Kazimierz, el antiguo barrio judío de Cracovia. También encarga a reconocidos veteranos películas para el gran espectáculo, inspiradas en los clásicos de la literatura polaca, como Wajda, una adaptación de 1999 del célebre poema de Adam Mickiewicz, Pan Thadeusz, o también Kawalerowicz, de 2001, otra adaptación de la no menos conocida novela Quo Vadis? Entre los nuevos cineastas de la década de los noventa destacan Andrzej Kondratiuk (1936), Janusz Kijowski (1939), el actor Jerzy Stuhr (1947) que se ha pasado a la dirección, o Jan Jakub Kolski (1956), que realizó una adaptación de la famosa novela de Gombrowicz, Pornografía.

Por último, hay que señalar la calidad del cine de animación polaco producido entre 1957 y 1970. Los principales artífices fueron Jan Lenica, Walerian Borowczyk, Witold Giersz, que alcanzaron fama mundial. Además, hay que citar una tradición arraigada de documentales, por ejemplo, los de Marcel Łoziński o Kazimierz Karabasz, autor del famoso Músicos (1960), y que sigue siendo el gran mentor.


Música

Polonia es una nación musical que puede alardear de ser la cuna de un genio, Chopin, un compositor muy nacional, pero, a la vez, el más universal. Una figura gigante que oculta otros tesoros de la música contemporánea.

Desde los orígenes hasta el Romanticismo

Las primeras composiciones musicales que se conservan en los archivos datan del s. XI. No obstante, la escuela polaca de canto gregoriano y después polifónico se desarrolló primero durante el reinado de los Piast, y luego, durante el de los Jagelon, sobre todo en el s. XV gracias a Nicolas de Radom y, en el s. XVI a Nicolas Gomołka, que encarna el esplendor de la música renacentista. No tardaron en aparecer compositores originales de primer orden, aunque según el tópico la música clásica polaca nació en el período romántico.

Figura trascendental del romanticismo musical, Federico Chopin (1810-1849), de madre polaca y padre francés, ambos músicos, llegó a París en 1831. Además de algunas composiciones para orquesta y música de cámara, su obra está destinada principalmente al piano, y es que Chopin era un virtuoso desde niño. Compuso una inagotable variedad de partituras para este instrumento: preludios, nocturnos, vals, polonesas y mazurcas. Encontró la inspiración en el folclore polaco y escribió algunas de las mejores páginas de la música occidental. El cuerpo de este compositor de espíritu exaltado y atormentado, al que George Sand calificaba de “este querido cadáver”, yace en el cementerio parisino de Père-Lachaise, aunque su corazón reposa en la iglesia de la Santa Cruz de Varsovia. Eclipsado por la sombra creadora de Chopin, su casi contemporáneo Stanisław Moniuszko (1819-1872), autor de cantatas y de lieder (compuestos a partir de textos de los grandes poetas nacionales), está considerado como el auténtico padre de la ópera moderna gracias a Halka y La mansión encantada, si bien las primeras óperas polacas (en 1628 se introdujo la ópera italiana en Varsovia) fueron compuestas por Maciej Kamieński (1734-1821) y Jan Stefani (1746-1826). Uno de los amigos de la infancia de Chopin, Oskar Kolberg (1814-1890), está considerado como uno de los pioneros de la etnomusicología polaca gracias a sus estudios sobre el folclore musical nacional y a sus transcripciones de los cantos populares. El virtuoso violinista Henryk Wieniawski (1835-1880) ha dado nombre a un famoso festival polaco que se celebra cada cinco años en Poznań (Chopin se lo ha dado al de piano de Varsovia).

El “Chopin” desconocido del s. XX

Comparable a Bartók en Hungría o a Janaček en Checoslovaquia, Karol Szymanowski (1882-1937) es el principal artífice de la renovación musical polaca del s. XX. Junto a Karłowicz, Fitel­berg, Różycki y Szeluto, fundó el grupo neorromántico Joven Polonia que buscaba imitar las tendencias progresistas de la Europa occidental. Su figura sirvió de inspiración para crear, en 1927, la Asociación de Jóvenes Músicos Polacos, cuyos miembros, siguiendo su ejemplo, viajan a Francia para formarse, sobre todo, junto a Nadia Boulanger. Su obra, profundamente arraigada en una amplia cultura y enriquecida por sus numerosos viajes, puede dividirse en tres períodos: romántico, impresionista (con tintes orientales, como, por ejemplo, en Tres mitos) y polaco. En este último se dedicó a buscar lo que antes resultaba anecdótico en sus composiciones y después se convirtió en la base de su composición musical: las raíces musicales nacionales. Su ballet Harnasie, bajo la influencia del folclore de los Tatra, se creó en París, en 1936. Entre sus últimas creaciones, esencialmente vocales, destacan la ópera El rey Roger (1926), con libreto de Iwaszkiewicz, y su Stabat Mater (1929), dos de sus obras maestras. Aunque el conjunto de su obra esté aún por salir del purgatorio, siga contando con pocas grabaciones y esté por descubrir, no cabe duda de que abrió la puerta para toda una generación de músicos y de que determinó las orientaciones de la música contemporánea polaca.

Las vías de la vanguardia contemporánea

Sin duda, Polonia es, desde los años sesenta, un país vanguardista en cuanto a música contemporánea. Sin embargo, no se puede hablar de una escuela nacional polaca. Los compositores tienen diferentes orígenes y trabajan con perspectivas distintas.

Tras los comienzos académicos, Witold Lutosławski (1913-1994) se inspiró en la música folclórica antes de abordar el dodecafonismo y de experimentar con los procedimientos aleatorios, como demuestra en sus Jeux vénitiens y su Segunda sinfonía, sin duda su mejor composición. En 1970, Mstislav Rostropowitch dirigió su Concierto para violonchelo en Londres. Menos conocidos son Tadeusz Baird (1928-1981), Kazimierz Serocki (1922) y Jan Krenz (1926) que forman el grupo 49 con la idea de componer una música serial exigente, pero más accesible para el auditorio. Los dos primeros fundaron el Otoño de Varsovia, un festival de música contemporánea que sigue teniendo mucho éxito. El nombre de Andrzej Panufnik (1914) está más asociado a los experimentos sonoros.

Krzysztof Penderecki (1933), que también es director de orquesta, es el compositor polaco contemporáneo más conocido en Occidente. Emplea un lenguaje musical complejo y su principio de composición, el mismo desde sus inicios, se basa sobre todo en el color sonoro (el sonorismo). Maestro de la música coral, destaca en la música religiosa, donde su técnica sonora crea un clima de encanto gracias a las tonalidades insólitas de los acordes. Entre sus obras más famosas destacan Treno a la memoria de las víctimas de Hiroshima, compuesta para 52 instrumentos de cuerda, Dies Irae y La Pasión según San Lucas. También es el autor de una ópera mística, Los demonios de Loudun (1967); no obstante, desde los años ochenta ha vuelto a las formas más tradiciones y neoclásicas.

Contemporáneo del anterior, Henrik Mikołaj Gorecki (1933), que también tiende a abordar cuestiones espirituales pero sin definirse como un compositor religioso, compone una música profundamente mística. Por ejemplo, la famosa y apacible Tercera sinfonía, llamada “De los cantos de lamentos” estuvo durante un tiempo a la cabeza de las más vendidas (más de un millón de ejemplares). También destacan sus dos cuartetos, compuestos para el Kronos Quartet.

Otras músicas

Adepto a la música minimalista, Wojciech Kilar (1932) es también un gran compositor de bandas sonoras, sobre todo para las películas de Polanski, con quien trabajó en El pianista. También sobresalen Jan A. P. Kaczmarek y Zbigniew Preisner, un compositor habitual y reconocido por las bandas sonoras de las últimas películas de Kieślowski.

Polonia también puede sentirse orgullosa de sus grandes virtuosos al servicio de la música clásica, como el tenor Jan Kiepura (1902-1966), el pianista Arthur Rubinstein (1886-1982), gran amigo de Szymanowski, la clavicordista Wanda Landowska (1879-1959) y Witold Malcuzynski, entre otros.

En cuanto al jazz, hay varios músicos polacos muy conocidos más allá de las fronteras del país. Por ejemplo, el trompetista Tomasz Stańko (1942), el pianista Adam Makowicz (1940), el violinista Michal Urbaniak, los saxofonistas Zbigniew Namysłowski, Janusz Muniak, Jan Ptaszyn Wróblewski, la cantante Urszula Dudziak (1943) y, sobre todo, el ya legendario pianista Krzystof Komeda (1931-1969), pionero del jazz polaco y compositor de las bandas sonoras de las primeras películas de Polanski.

Inicio página